Un nacimiento de agua es el lugar preciso donde el agua subterránea brota de forma natural hacia la superficie terrestre. Usamos el verbo brotar pocas veces en el habla cotidiana; casi siempre lo hacemos en el lenguaje poético: cuando “brotan” las ideas, cuando “de tus ojos brotan versos tristes”. Lo empleamos para dar vida a […]
Un nacimiento de agua es el lugar preciso donde el agua subterránea brota de forma natural hacia la superficie terrestre. Usamos el verbo brotar pocas veces en el habla cotidiana; casi siempre lo hacemos en el lenguaje poético: cuando “brotan” las ideas, cuando “de tus ojos brotan versos tristes”. Lo empleamos para dar vida a sentimientos, recuerdos o pensamientos, otorgándoles la capacidad de emerger. Por eso, decir que un nacimiento es el lugar donde brota el agua subterránea es, en sí mismo, un poema.
Los hidrogeólogos y muchos ingenieros hidráulicos prefieren ser más precisos: el agua no “nace” en ese punto. Tiene razón la ciencia. Sin embargo, la palabra nacimiento captura con belleza poética el milagro de ver surgir agua limpia de la Tierra.
Un nacimiento (o manantial) es la descarga natural de un acuífero. El agua proviene de las lluvias que se infiltran en el suelo en las zonas de recarga, viajan lentamente a través de poros, fracturas y grietas en las rocas, y emergen donde el nivel freático —la superficie superior de la zona saturada— intercepta el terreno.
Por debajo del nivel freático se encuentra la zona saturada, donde todos los espacios entre sedimentos y rocas están completamente llenos de agua. Por encima está la zona no saturada, donde coexisten agua y aire. El agua subterránea fluye siguiendo variaciones de presión y gravedad, y sale a la superficie en forma de manantial, alimentando luego ríos, arroyos o lagos como caudal base.
En mi infancia, en Quetzaltenango, la Ciénaga, actual zona 2 de la ciudad, era un lugar mágico lleno de nacimientos de agua. Durante las vacaciones escolares caminábamos hasta allí y encontrábamos pozas de agua tibia rodeadas de un verde intenso. El agua parecía brotar, nacer del suelo mismo como en el Recreo, un tanque de natación similar al Chirríez, otro tanque de natación que fue testigo de nuestra infancia acuática, que dejó marcada no solo nuestra piel, sino nuestra conciencia con agua subterránea. Alrededor de esas pozas todo era verde, verde. Había helechos, musgo y había gente bañándose en las madrugadas frías de Quetzaltenango.
Con los años aprendí la explicación científica: no era un nacimiento en sentido literal. Se trataba de la descarga de un acuífero libre, una especie de palangana geológica que almacena y libera agua. Según estudios hidrogeológicos en la ciudad de Quetzaltenango, esta zona se encuentra sobre un acuífero volcánico libre, cuya parte más baja está en la zona 2 de la ciudad.
La antigua Quetzaltenango fue habitada por los pueblos mames, quienes la llamaban Culajú, Kulajá o Tqul Já, que significa “Garganta de Agua”. Un nombre preciso: un lugar receptor de agua superficial y subterránea, de escorrentía y de ríos ocultos bajo la tierra.
Hoy, Quetzaltenango depende en gran medida del agua subterránea. Se estima que alrededor del 70% de su abastecimiento proviene de pozos que penetran los acuíferos locales. El otro porcentaje importante viene de “nacimientos” que se encuentran en aldeas cercanas de San Juan Ostuncalco, particularmente de Varsovia y Monrovia. Los ríos superficiales se aprovechan poco por su alto grado de contaminación.
Esta historia se repite en casi todas las ciudades guatemaltecas: zonas rurales de recarga —bosques y montañas— alimentan con sus acuíferos a centros urbanos que, cubiertos de cemento impermeable, ya no permiten que el agua se infiltre, bloqueando el ciclo del agua para mal. Es una inequidad profunda. Las comunidades rurales producen el agua, pero muchas veces carecen de ella para su propio consumo, mientras las ciudades la consumen sin cuidar las zonas de origen.
El agua subterránea es vital para la vida de plantas, animales y humanos. Pero hay que conocerla. No se puede cuidar lo que no se conoce. Esa es la clave. Urge que universidades, centros de investigación y autoridades inviertan en estudios hidrogeológicos detallados: mapas de acuíferos, mediciones de niveles freáticos, análisis de calidad y modelos de flujo, como actualmente lo hace el programa de ingeniería de la Universidad de San Carlos de Guatemala en Quetzaltenango, CUNOC, con sus equipos de investigación en agua y sus programas de posgrado en ciencia y tecnología del agua e ingeniería sanitaria ambiental, pero se requiere mucho, mucho más trabajo de investigación. Solo con conocimiento científico, tecnológico y humanístico sólido podremos tomar decisiones informadas.
La economía depende de ella para la agricultura, la industria y el consumo doméstico. Sin embargo, la tendencia actual es el sobreuso, el desperdicio y la contaminación por aguas negras, agroquímicos, industrias y minería. Hay que hacer un replanteamiento profundo sobre nuestra relación cultural con el agua, a la cual hemos maltratado, mal usado y sobre usado sin conocer siquiera su ciclo social.
Para empezar nuestra nueva relación con el agua, especialmente el agua subterránea, sus manantiales y sus “nacimientos”, debemos, en principio:
• Controlar la extracción: extraer solo el volumen que el acuífero puede recargar naturalmente. Para eso hay que monitorear cada nacimiento, cada pozo, cada fuente, lo que es viable con las nuevas tecnologías y sus sensores digitales.
• Proteger nuestras zonas de recarga: conservar bosques, declarar zonas de veda y evitar el asfaltado y construcciones masivas en áreas de infiltración, y no permitir el ecocidio que se da en el Palajunoj, en el Siete Orejas, donde mineras de materiales de construcción decapitan la zona más importante de recarga hídrica del valle de Quetzaltenango.
• Hacer plantas de tratamiento para sanear las aguas usadas. Mantener letrinas, fosas sépticas y plantas de tratamiento para evitar filtraciones contaminantes.
• Manejar responsablemente nuestros residuos: no arrojar basura, aceites, medicamentos ni químicos al suelo o desagües y no usar a los ríos como depósitos, como drenajes de nuestras heces. Este es el problema más delicado y más triste de nuestra relación con el agua. En el Valle de Quetzaltenango nuestros ríos, Xequijel y Samalá, los hemos convertido en drenajes. Eso debe cambiar inmediatamente.
• Usar eficientemente el agua: reparar fugas, recolectar agua de lluvia y fomentar el ahorro cotidiano.
El agua que brota en un nacimiento no es solo un recurso técnico, ni solo un recurso hidráulico, ni solamente un recurso económico. Es memoria, poesía, vida, cultura local y justicia social, como lo hemos adelantado con nuestro grupo APA: Acción por el Agua y su intensa participación en la discusión de la nueva ley de aguas del Ministerio de Ambiente, con sus luces y sombras. Cuidarla significa entender su ciclo completo —el hidrológico y el social— y actuar con responsabilidad hacia las generaciones futuras. Ese es el único camino para que la vida en este planeta pueda ser posible. Ha sido medio siglo de un mal uso del agua, como se documenta en mi nuevo libro: *La Naturaleza Social del Ciclo del Agua*, Editorial Piedrasanta, 2026.
Debemos replantear nuestra relación con el agua y cuidarla, entender su ciclo social e iniciar el camino de su recuperación, de nuestra recuperación. Hagámoslo ahora, porque si no es ahora, no será nunca.
Nota: Este lunes 25 de mayo a las 7 a. m. estaremos hablando sobre el cuidado de los nacimientos de agua en Estéreo Cien Radio, en el programa *Redes Ciudadanas* con Maynor Hernández.