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Los fanáticos están fuera de control
Los fans obsesionados y enfurecidos no son un fenómeno nuevo.
“¡Buu! ¿Qué pasó con el dinero?” Eso es lo que gritaban iracundos manifestantes en un video en el que Amber Heard salía del tribunal el mes pasado, donde la actriz había pasado cuatro días describiendo el abuso que según ella sufrió de manos de su exesposo, Johnny Depp. “¡Cazafortunas!”, vociferó una mujer que parecía ser admiradora de Depp.
Sin importar qué piense uno del veredicto que se emitió la semana pasada en el caso de difamación de Depp contra Heard y la contrademanda de esta —el jurado le otorgó a él más de $10 millones de dólares en daños y a ella $2 millones— ese momento que se dio el mes pasado refleja una de las grandes interrogantes que se suscitaron durante el adefesio de seis semanas: ¿qué hace que una persona adulta viaje hasta un tribunal en Virginia para insultar a alguien que nunca ha conocido, sobre actos que no presenció y dinero que no le deben?
Los fans obsesionados y enfurecidos no son un fenómeno nuevo, pero en el pasado quienes transgredían los límites para abordar a las celebridades eran considerados en general como acosadores trastornados. Ahora el fenómeno se ha convertido en algo aceptado. El ímpetu de esa mujer que gritaba “cazafortunas” afuera del tribunal —y de los muchos otros que también se mostraban indignados en nombre de Depp, en línea y en persona— es el resultado de lo que los psicólogos han llamado “síndrome de adoración de la celebridad”, en el que la preocupación por una figura pública se convierte en una obsesión.
Sherry Turkle, psicóloga clínica y profesora de estudios sociales de la ciencia y la tecnología en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, me dijo que el fenómeno del “fandom” ha cambiado drásticamente a lo largo de los años. “Cuando la gente se lanzaba contra los Beatles y solo quería tocarlos, era una especie de locura, pero esas personas no creían que los Beatles les pertenecieran”, explicó. “La gente que corre a estas audiencias, que corre a Twitter para criticar a Amber Heard, no siente esa distancia con el Beatle cuya mano querían tocar; sienten una tremenda proximidad. La mirada sigue siendo reverencial, pero tiene un tinte mucho más propietario y desencadenado. Tiene toda la pasión, pero los filtros, los límites han desaparecido”.
Las redes sociales y el volumen masivo de las coberturas mediáticas sobre celebridades son parte de las causas. Ahora que hemos visto a los ricos y famosos ejercitándose o cocinando en sus cocinas, ahora que conocemos los detalles más íntimos de sus vidas amorosas, nuestras expectativas de ellos han cambiado y se han vuelto más personales. Muchas de las personas que no creen en las acusaciones de Heard contra su exesposo parecen querer castigarla por la traición que sienten, del mismo modo que lo harían con alguien que conocieran en la vida real.
Otro elemento de este fenómeno es el carácter cada vez más transaccional de nuestra relación con los famosos en las redes sociales: invertimos nuestra atención en ellos, y ellos se hacen ricos con el negocio de atraerla.
Es fácil entender por qué las celebridades están dispuestas a participar en esta transacción tan lucrativa. Al hacer de sus bodas, embarazos y rupturas un espectáculo —en lugar de simplemente vivir en privado esos eventos— han descubierto que estos momentos pueden ser increíblemente rentables, ya sea mediante patrocinios, promociones o la influencia general de la industria que acompaña a la popularidad en las redes sociales. Al describir la boda de Kourtney Kardashian con Travis Barker el mes pasado, The New York Times calificó el evento de “un casamiento de marca”. El fin de semana de la boda generó más de 25 millones de dólares en “valor de impacto mediático” para Dolce & Gabbana, informaron Vanessa Friedman y Jessica Testa, “gracias en gran parte a las publicaciones en Instagram de los Kardashian-Jenner”.
Los fanáticos exigen cada vez más que el preciado recurso de su atención, sus clics, sus vistas y adulación le sea redituable. Podemos decir que las celebridades son influentes, pero queremos influir en ellas también. Nosotros somos los clientes, y dónde posamos nuestra mirada tiene un valor monetario. “Yo te pago tu sueldo”, respondió una asistente a una obra de Broadway cuando la actriz Patti LuPone le pidió desde el escenario que se pusiera bien su cubrebocas, articulando este sentimiento de autoridad.
A veces, las expectativas morales de los fans se asemejan al activismo político, o a las exigencias que un elector hace a un político: al fin y al cabo, el poder de la influencia de la celebridad lo otorga la audiencia, y puede ser revocado. Como escribió Jenny Odell en su libro “Cómo no hacer nada: Resistirse a la economía de la atención”, “la atención puede ser el último recurso que nos queda para reclamar”.
Protestar en el espacio personal de un político es una cosa, pues las decisiones de esa persona tienen un impacto directo en la vida cotidiana de los ciudadanos. (Esto sin duda ha ocurrido mucho últimamente: protestas en las casas de los jueces de la Corte Suprema, por ejemplo, o con el senador Ted Cruz que fue confrontado por el control de armas mientras cenaba sushi con su familia). Pero los sucesos descritos con insoportable detalle en el juicio de Heard-Depp tuvieron que ver con una disputa doméstica. ¿Qué rendición de cuentas le deben estas personalidades al público?
Todos estos sermones, abucheos e insultos también pueden interpretarse como una forma en que la vigilancia moral que vemos en las redes sociales se lleva a cabo en la acera. Como ilustra el momento de la “cazafortunas”, las reclamaciones en persona sobre el comportamiento de los famosos llegan tener toda la virulencia de una guerra incendiaria en Twitter. La normalización de estas reacciones de los seguidores revela la intersección cada vez más tensa entre lo virtual y lo real, donde las acciones de personas prominentes se convierten en parábolas de códigos morales endebles.
También hay que tener en cuenta que estamos en una época en la que los admiradores ejercen una influencia sin precedentes sobre nuestras narrativas culturales populares, pues logran que vuelvan a emitirse programas de televisión cancelados e incluso que cambien las tramas en función de las teorías de los aficionados. Este mismo año, los premios de la Academia crearon un nuevo galardón para la película favorita de los espectadores, lo que enfureció a algunos tradicionalistas. Es lógico que un público acostumbrado a resucitar a un personaje querido o a inspirar una serie secundaria de un superhéroe menor pretenda que también tiene permiso de criticar a los famosos por lo que hacen en su vida personal.
“La gente ya no quiere simplemente mirar”, afirmó Turkle. “Quiere intervenir”.
Cuando la mayoría de las noticias son aterradoras y deprimentes, invertir tiempo y atención en la disputa matrimonial de gente desconocida puede ser una distracción bienvenida, y quizá parezca una forma de diversión inofensiva. Pero, por muy entretenidas que sean, las relaciones unilaterales como las que mantienen los famosos con sus seguidores son engañosas y en ocasiones corrosivas. Las comunidades imaginarias del siglo XXI no son reales, sin importar lo mucho que intentamos hacerlas así. Es posible que la mujer que insulta a Amber Heard desde el otro lado de la acera se sienta realmente agraviada, pero la actriz no tiene ni idea de quién es esa mujer. Nunca seremos amigos de los famosos a los que seguimos en nuestros teléfonos.
Los artistas actuarán siempre que les paguemos. Pero nuestras expectativas están fuera de lugar. Ellos no nos deben nada.
*©2022 The New York Times Company