La más lamentable causa de la destrucción de sociedades es la implosión, es decir el derrumbe por causas internas.
Hay un concepto aplicable a la situación general sufrida por Guatemala en todos los campos a partir del inicio de este siglo, aunque se pueden buscar sus raíces y orígenes en varias décadas anteriores. Es la implosión, ejemplificada en el derrumbamiento hacia adentro de las paredes de una construcción, a causa de haberse debilitado y resquebrajado, debido a actos internos. Muchos de los imperios de la historia no han desaparecido por la acción de sus enemigos externos o foráneos, sino porque las facciones internas llegan a convertirse en ciegos e irresponsables factores de debilitamiento, sobre todo, de las bases sociales. Es lo contrario de explosión, causada por una súbita y violenta liberación de energía interna bajo presión, destructiva e imparable, como la dinamita.
La implosión combina factores muy variados, a veces contradictorios y también una mezcla irracional de estos en los casos sociales. A diferencia de la explosión, no es violenta y un buen símil es el de las erupciones volcánicas de explosión, no las de rebalse, “paso a paso”. En el caso de las implosiones sociales y culturales son lentas, no es fácil identificarlas fácilmente al principio y por ello pueden ser rechazadas al no identificarlas y las integran elementos relacionados con la politiquería y la ideología aplicadas por personajes con amalgama de algunas de las peores características humanas: la irresponsabilidad y de la mala intención. Señalar esto no es exageración sino capacidad de prever el futuro, explicado con facilidad al aplicar las reglas de la lógica y la ética.
Es lo contrario de explosión, causada por una súbita y violenta liberación de energía interna bajo presión, destructiva e imparable, como la dinamita.
Un factor adicional de la implosión social es la ceguera y la negativa de aceptar a la corrupción como parte integrante, aunque no siempre descubierta ni analizada. Y también participa la alteración de los valores intrínsecos del ser humano. Por ejemplo, si el dinero, sin importar su origen, se vuelve un fin, una meta y, por tanto, un premio y motivo de autosatisfacción y admiración, hay rechazo a quien actúa con base a lo fundamentalmente correcto. No es solo llenar algún requisito legal, lo cual, pues no importa. Cuando cualquier persona que ha llegado a participar en la integración de las instituciones convertidas en las columnas del Estado —ideologías— aparte, se aplica la frase maquiavélica de “el fin justifica los medios”, en la peor de sus interpretaciones.
Es decir, un fin dudoso, malo, malintencionado, debe ser el objetivo y además significar premios para quien actúa así, pero el beneficio de la generalidad es superior al de la individualidad, sobre todo cuando está podrida. Un análisis abstracto pero específico del caso de Guatemala, sobre todo en este momento, demuestra claramente la ruta del país dirigida rumbo a una profunda sima de la cual es imposible escapar. La pregunta de difícil respuesta se refiere a qué debe hacerse ante esta realidad, por obligación ética, y a tomar la dura decisión de entender por qué luchar por ese beneficio colectivo, no colectivista, es meta valiosa y debe ser buscada precisamente para evitar el mal mayor: el desastre total. Ese panorama se observa mejor desde la altura.
La historia demuestra con ejemplos durísimos los resultados de la cobardía y de la comodidad de no enfrentar “a las lagartijas antes de volverse cocodrilos”. Se puede recordar en este caso la frase dedicada en 1492 por su madre al rey Boabdil de Granada, cuando le dijo: “Lloras como mujer lo que no pudiste defender como hombre”. Esto no es lírico, sino un recordatorio del valor práctico de las frases acariciadas por la pátina del tiempo. Hoy, Guatemala llora al verse mancillada por tantos de sus hijos convertidos en verdugos del futuro de las actuales generaciones y de las aún no nacidas. Por aparte, se puede recordar a Alejandro Magno cuando de un tajo deshizo el impenetrable nudo gordiano y así solucionó una situación imposible de arreglar de otra forma.