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Terminó fiesta de triunfo; ahora continúa el trabajo
El trabajo político entre esta fecha y el 14 de enero, exige disciplina y sobre todo no caer en el engañoso triunfalismo.
La victoria del domingo fue una fiesta para votantes a favor de Bernardo Arévalo, y los dos días siguientes hubo cierta “goma” política. Es natural. Pero ahora se debe colocar a ese logro en su verdadera dimensión, porque aún existen numerosos y arriesgados escollos en espera, entre los 154 días faltantes para el 14 de enero a las 14. En términos futbolísticos, se ganó el campeonato pero aún no se ha recibido la copa. Entre las numerosas lecciones de esta campaña electoral, sobresale el despertar del voto joven, acostumbrado a la tecnología actual y ahora interesado en conocer la manera cómo se hace la politiquería en Guatemala, con el objeto de cambiarla. Los políticos a la antigua se chocaron con una realidad para la cual no estaban preparados. Otro efecto es el convencimiento ya generalizado y aceptado de la urgencia de realizar cambios a la Ley Electoral y de Partidos Políticos, de las condiciones para crear partidos, del abuso de los amparos, del número máximo de participación de quienes han sido derrotados en las urnas, y así una larga lista de temas adicionales. Este análisis y sugerencias de cambios necesitan ser sugeridos por un equipo de abogados, pero también de conocedores de otras ramas del saber humano e incluso ciudadanos comunes, cuyas sugerencias tienen fuerza cuando emanan del sentido común, como fue el caso de la original Constitución de 1984. Se han abierto numerosas puertas a distintos temas de discusión.
A un nivel más profundo, algunos conocedores del Derecho consideran inválida la elección porque hubo errores o incluso mala intención de los fundadores del partido ganador. Esta discusión pertenece al campo de la ética, y parte del criterio deontológico, es decir, el tratado filosófico de los deberes, lo cual significa no importar las consecuencias como base para calificar y separar a lo bueno de lo malo, como sí lo hace la teleología, cuyo criterio declara a algo bueno o malo según sus consecuencias. Con criterio deontológico, en Guatemala no debería haber habido elecciones, con el efecto de otra división. Si las autoridades están libres de sospecha, la voz de esa minoría de participantes, 45%, al aceptarse afectaría al país tanto dentro como fuera, donde las razones no serían aceptadas.
En las dos últimas elecciones el voto en contra fue dirigido a Torres y en la actual pasó lo mismo, pero se agregó a esto el rechazo a la corrupción desbocada e imparable y a la burla de la ley, utilizada como instrumento de venganza política. Según el positivismo legal debería hacerse porque niega el derecho natural, o sea el conjunto de normas ético-jurídicas primarias de validez universal. Pero las posibles consecuencias son demasiado serias, encabezadas por afianzar o crear la desconfianza en el sistema legal. La preocupación porque se legisle para complacer a la población, se equipara con la de arriesgar hasta la existencia del país, si las posibles, aunque no inevitables acciones populares primero espontáneas, luego son infiltradas por mareros ideológicos.
Sin duda, es tema fascinante para la discusión filosófico-académica, pero también por su actualidad, aunque sea casi imposible cambiar la decisión de quienes ya la han tomado. Este voto popular no fue una acción, sino una reacción al hastío, la corrupción, la burla a las leyes, las güizachadas. En ese sentido Arévalo fue el recipiendario y ahora le toca demostrar si tiene un panorama completo de la realidad nacional. La exigencia por cumplir una ley de esas posibles consecuencias en un momento crucial como éste, no parece ser el origen de temor ante el fin del sistema jurídico, mancillado por tantos años. Una elección no puede ser anulada cuando ya se saben los resultados, pues además los votantes fueron de buena fe a las urnas, demostrando así una confianza ahora en peligro.