Cada una de las noticias guatemaltecas reflejan un país en decadencia, un hermoso país que aún no rompe sus cadenas, como cantara Nino Bravo: El perfume de una flor, el ritmo de un tambor en las praderas, danzas de guerra y paz de un pueblo que aún no ha roto sus cadenas… Y no es […]
Cada una de las noticias guatemaltecas reflejan un país en decadencia, un hermoso país que aún no rompe sus cadenas, como cantara Nino Bravo:
El perfume de una flor, el ritmo de un tambor en las praderas, danzas de guerra y paz de un pueblo que aún no ha roto sus cadenas…
Y no es porque los españoles conquistaron estas tierras, no es solamente por eso. Es fundamentalmente porque de a poco nos hemos acostumbrado a una sociedad que no logra hacer su camino hacia una verdadera democracia que nos permita desarrollo a todos y no solo a un grupito.
Hemos hecho intentos de liberación. Uno que otro medio nos ha salido, pero justo cuando vamos en el camino de la liberación, el grupito, los herederos del país de la miseria, se encargan de adelantarse a nuestros incipientes movimientos sociales: 1838, 1897, 1944, 2015… entre otras fechas que el lector puede agregar. Ese ha sido el modelo. Junto a eso, en el transcurso de los siglos, el paisito se ha construido sobre desigualdades enormes, léase, un país marcado por la desnutrición crónica de la mitad de sus niños. Estas son las cadenas que se perpetúan en adultos que no logran desarrollar sus capacidades cognitivas, menos sus capacidades sociales.
Así las cadenas de las que no nos liberamos son un sistema educativo que está formado por escuelas privadas y públicas igual de inoperantes. Tal como lo desnudó PISA, nuestros alumnos no entienden lo que leen, no saben matemática elemental, no usan la ciencia escolar en la vida cotidiana y de colofón son acosados. Sacamos el último lugar en PISA en toda América Latina, ante las explicaciones insuficientes de las autoridades educativas que no logran entender que esto no es solamente COVID. Hemos abandonado la educación porque ella se ha convertido en un botín político, desde la preprimaria hasta la Universidad, cooptada por un usurpador que ha hecho gala de cinismo, idiotez y arrogancia.
Analice el lector cualquier sistema económico, político y cultural de Guatemala y lo encontrará cooptado por alguna banda. Durante septiembre analicé al mismo sistema bancario con la ayuda del excelente libro del licenciado Fernando Rodríguez Ángel, El Sistema Bancario Nacional, quien demuestra la cooptación bancaria y del sistema financiero.
El sistema político está formado de un grupito de partidos políticos que se organizan para llevar ladrones o inoperantes al poder. La mayoría, todos, llevan pseudolíderes ya sea al Legislativo o al Ejecutivo, los que a su vez nos imponen un sistema de justicia hecho a la medida de la Alianza Criminal, madre putativa del Pacto de Corruptos, conceptos desarrollados por José Alfredo Calderón y utilizados en alguna de mis columnas de septiembre.
Ciertamente nos ilusionamos con Semilla, yo me ilusioné, defendí a Semilla y al candidato Bernardo Arévalo, quien había ganado las elecciones, pero que también demostró ser no solo inoperante, también insensible, incapaz, y se hizo de la vista gorda de todo lo malo que no quiso afrontar, sobresale su silenciosa relación con el usurpador Walter Mazariegos. Arévalo es, como ha escrito una y otra vez Flaminio Bonilla aquí en La Hora: un nagüilón, miedoso, cobarde que tuvo en sus manos el cambio del país y no lo quiso hacer.
Sus pocos defensores actuales dicen que el sistema no lo dejó. Yo digo que el mismo Bernardo Arévalo es un fraude y solo ha hecho que su pobre padre dé vueltas en su tumba de la cólera por su hijo inútil.
Y en lo cultural, estamos orgullosos de la cultura Maya que realmente no conocemos y poco estudiamos porque en el fondo, en lo cotidiano, es una sociedad intensamente racista, clasista y machista.
De todas las decadencias, la que debemos afrontar urgentemente es la cooptación de la Universidad de San Carlos porque refleja el más claro deterioro moral y académico en que el país ha caído. Hay una pequeña esperanza con el allanamiento del Ministerio Público sobre el caso del borrado de nombres de estudiantes universitarios en resistencia que simplemente fueron eliminados en el Registro de la Usac. Ojalá que se identifiquen los culpables, autores materiales e intelectuales de ese hecho, y que esto sea el inicio de la recuperación de la Usac, no por la Usac misma, sino por la educación pública superior que merece ser liberada.
Esa liberación no es un adorno institucional. Es el eslabón que falta para romper las otras cadenas. Una universidad pública que solo reproduce títulos, comisiones de postulación y silencios no desarrolla a nadie. La evidencia que resume Crawley y sus colegas en Las universidades como motores del desarrollo económico es útil: la universidad mueve una economía cuando forma talentos de verdad, cuando investiga y cuando cataliza innovación, es decir, cuando el conocimiento sale de los muros y llega a empresas, municipios, hospitales, cuencas y escuelas. Docencia, investigación e intercambio. Sin esas tres prácticas, el país seguirá invirtiendo en malls y no en laboratorios, seguirá graduando de a poco y mal, y seguirá llamando “desarrollo” a la renta de unos pocos. Tampoco puede seguir siendo el monopolio ineficiente que despreció lo técnico, alargó las licenciaturas hasta el agotamiento y convirtió la autonomía en botín.
Recuperar la educación pública superior es recuperar la posibilidad misma de innovar.
El camino no es misterioso. Lo he escrito aquí una y otra vez: separar a la universidad de las cortes; devolver mérito y cuentas a la autonomía; rescatar la Usac y, a la vez, crear un sistema –universidades públicas regionales e institutos tecnológicos de uno o dos años, con vías hacia la ingeniería y el posgrado–. Currículos que enseñen a resolver los problemas de agua, desnutrición, riesgo sísmico y volcánico, suelo y ciudad. Investigación desde el pregrado. Medir graduación oportuna, empleabilidad y soluciones. El Proyecto Usac 2050 ya esbozaba parte de ese rumbo; hay modelos, como el de Michael Crow en la Universidad Estatal de Arizona, que demostraron que acceso masivo y excelencia no son enemigos. Costa Rica y Panamá dejaron atrás la universidad única. Nosotros podemos, si dejamos de acostumbrarnos. Las cadenas no las rompe un rector usurpador ni un presidente nagüilón. Las rompe un pueblo que reconstruye su escuela y su universidad como práctica social, no como privilegio. Pero eso lo debemos hacer ahora porque si no es ahora, no será nunca.