Libertad de criterio docente
Muera la tristeza, mueran los que odian.
La libertad de cátedra o académica, según la “Recomendación relativa a la condición del personal docente de la enseñanza superior de 1997” (RRCPDES/97) de la Unesco, se traduce en “la libertad de enseñar y debatir sin verse limitado por doctrinas instituidas, la libertad de llevar a cabo investigaciones, difundir y publicar los resultados de las mismas, la libertad de expresar libremente la propia opinión sobre la institución o el sistema en el que se trabaja, la libertad ante la censura institucional y la libertad de participar en órganos profesionales u organizaciones académicas representativas. Todo el personal docente de la enseñanza superior deberá poder ejercer sus funciones sin sufrir discriminación alguna y sin temor a represión por parte del Estado o de cualquier otra instancia”.
La libertad de cátedra supone no solo la libertad de enseñanza, inherente al profesor, que se asume como la libertad de criterio docente, sino también los derechos de los estudiantes de acceder a la ciencia, la cultura, la tecnología y la información.
La libertad de criterio docente, que está protegida por la Constitución, se resume en el derecho del profesor, quien no se asimila a un instructor infalible, a presentar un programa de estudio, investigación y evaluación, que, según su apreciación, redundará en el mejoramiento del nivel académico de los alumnos y en forjar su personalidad, conducta y liderazgo, a la luz de principios morales, valores y virtudes, así como en orientarlos hacia la cooperación inteligente, la corresponsabilidad y el bien común.
“Todo el personal docente de la enseñanza superior deberá poder ejercer sus funciones sin sufrir discriminación alguna y sin temor a represión por parte del Estado o de cualquier otra instancia”.
A la libertad de cátedra le es inherente la garantía de la libre investigación, que conlleva la aptitud de indagar para descubrir la verdad, así como la plena vigencia de la libertad de expresión de ideas, que supone la posibilidad de reflexionar, debatir y divulgar conocimientos, información, así como de hacer crítica y autocrítica.
Los partidarios del despotismo, intolerantes por definición, siempre están predispuestos a reprimir el pensamiento crítico, que deriva del ejercicio de la cátedra, así como a restringir la comunicación que, en su maniquea opinión, pueda ser perturbadora o amenazante para el statu quo. Dominar, expoliar, desinformar, injuriar y aherrojar el alma mater es su aberrante misión.
Una anécdota interesante sobre la libertad académica es el incidente protagonizado el 12 de octubre de 1936, hace 90 años, entre el militar fascista José Millán-Astray y el rector de la Universidad de Salamanca, Miguel de Unamuno, quienes compartían mesa en una celebración en el paraninfo universitario. Ante la expresión vehemente de Millán-Astray, “muera la inteligencia”, que fue precedida por el distópico grito “¡viva la muerte!”, el rector Unamuno afirmó: “Acabo de oír el grito necrófilo e insensato de “¡viva la muerte!”. Esto me suena lo mismo que “¡muera la vida!”. Esta ridícula paradoja me suena repelente”. El académico agregó: “¡Este es el templo de la inteligencia y yo soy su sumo sacerdote! Vosotros estáis profanando su sagrado recinto (…). ¡Venceréis, pero no convenceréis! Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta; pero no convenceréis, porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta: razón y derecho en la lucha (…)”.
Cierro esta columna con algunas frases del himno universitario: “(…) Viva la universidad, vivan los profesores (…). ¡Vivan los que estudian! Que crezca la única verdad, que florezcan la fraternidad y la prosperidad de la Patria (…). Muera la tristeza, mueran los que odian (…). Florezca el alma mater que nos ha educado (…)”.