Guerra en Irán también bombardea bolsillos

Guerra en Irán también bombardea bolsillos

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10/03/2026 00:06
Prensa Libre
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Resumen Inteligente

Los precios ya empezaron a subir también en los mercados cantonales.

Los primeros bombardeos de la ofensiva de Estados Unidos e Israel contra Irán originaron análisis geopolíticos de todo tipo, interpretaciones hermenéuticas y teológicas, así como algunas previsiones de los posibles efectos en los mercados internacionales. Pero a los tres días comenzó a reflejarse el impacto, concreto y sin escudo defensivo, en países como Guatemala, cuando los precios de los combustibles empezaron a subir: primero fue Q1 por galón, después fueron Q3 y, en ciertas regiones del país, casi Q5. Si de por sí no parece haber mayor competencia de precios, excepto por contadas excepciones, el incremento fue apoderándose de los letreros de autoservicio o servicio “completo”.


El presidente de Estados Unidos, fiel a su estilo subjetivista, anuncia, por un lado, que considera casi finalizado el conflicto, pero a la vez afirma que la operación durará lo necesario para lograr la instauración de un régimen democrático en Irán, algo que parece estar en la cola de un venado, dada la retórica del nuevo líder espiritual Mojtaba Jamenei, hijo de Alí Jamenei, líder fallecido en el bombardeo. El cierre del estrecho de Ormuz afecta hasta un 20% de la producción internacional de crudo, pero, ante ello, mercados de Asia, África y Europa buscan alternativas de abastecimiento para compensar el desbalance.


En esa dinámica, es necesario indicar que la cadena de suministro, que va desde el petróleo hasta el tanque de gasolina de un vehículo, es un alambique de intereses, necesidades, demandas y capacidades instaladas. Es decir, cada vez que una persona compra un galón de combustible en cualquier gasolinera, está pagando lo que invirtió cada integrante de la cadena de suministro, desde el importador hasta lo que la estación de servicio invierte en infraestructura y sueldos de sus empleados.


En otras palabras, el temor latente es que una prolongación de la guerra afecte el flujo energético global y con ello a las economías nacionales. El aumento en el precio del petróleo es solo un primer eslabón de la cadena, el cual prosigue con el transporte en buques hasta refinerías, que a su vez lo envían a los mercados regionales o locales hasta llegar a las gasolineras, en medio de fluctuaciones cambiarias, presiones sobre los inventarios de grandes potencias y la incertidumbre en cuanto a duración del conflicto.


El presidente Bernardo Arévalo anunció un operativo interinstitucional de verificación de precios, al afirmar que existe especulación. Sin embargo, parece un abordaje poco realista, pues la historia demuestra el efecto de los precios tope: escasez y acaparamiento. En todo caso, los precios ya empezaron a subir también en los mercados cantonales. Los productos agrícolas presentan alzas debidas a los costos del transporte desde la provincia, y el diésel ha sido, en efecto, el combustible con mayor porcentaje de incremento. Los precios de la gasolina presionarán las tarifas —de por sí descontroladas— de los taxis, legales o los mayoritarios piratas, así como el costo de transitar en vehículos particulares, máxime en horas pico.


Lamentablemente, el consumidor final de combustible es el último eslabón de la cadena y parece destinado a sufrir los bombardeos de este vendaval. Pero esta presión económica no ocurre solo aquí: también en Estados Unidos hay incremento en combustibles y en toda la cadena de suministros, lo que pone en riesgo la promesa del gobierno actual de mejorar el costo de vida. Un alargamiento del conflicto, como un nuevo Irak o Afganistán, podría ser la peor pesadilla en un año en el cual se celebrarán elecciones de medio término, sobre todo porque el Senado rechazó limitar las potestades de guerra del presidente Trump.

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