El combate debe dirigirse contra crímenes políticos
El hastío y rechazo por los crímenes políticos tendrá fuerza si hay silenciosas muestras en los ciudadanos.
El rechazo generalizado al asesinato de Juan Francisco Solórzano Foppa debe ser considerado un notorio primer paso ciudadano contra el crimen político, dirigido por muchos ciudadanos de cualquier pensamiento ideológico. El lunes y martes muchos de los comentarios periodísticos y las opiniones de analistas vía electrónica coincidieron en la condena a esta violencia extrema, irracional e inhumana. Fue notoria la diferencia de puntos de vista políticos y la dirección común de sus comentarios, lo cual a mi parecer constituye una acción nueva y esperanzadora en un país dividido por posiciones fanáticas causantes de considerar enemigos, no adversarios u oponentes, a quienes piensan distinto y no han participado en acciones ilegales y/ o inmorales.
La lucha más importante es atacar a los delitos, crímenes o asesinatos de origen político, en general y sin condiciones ni excepciones, ni tomar en cuenta las naturales diferencias de los criterios. Todo esto basado en el respeto a la vida humana y a la meditación acerca de las consecuencias sufridas por familias inocentes. Es fácil de entender pero difícil de decidir, porque evidentemente necesita de una dosis de valor, cada vez reducida conforme aumente el número de quienes apoyan esta lucha. La razón de centrarla en el campo político se debe a la existencia del asesinato no político desde el principio de los tiempos, con el caso de Caín. También se necesita porque un asesinato es un hecho distinto a un homicidio producto de otras razones.
El principal derecho humano es el de la vida y junto a este, el de no ser atacado a causa de la forma como piensa.
Como era de esperarse, las versiones se han multiplicado, algunas veces como simples ideas de alguna mente calenturienta, o de personas dispuestas a llevar agua a su molino haciendo narraciones novelescas. Este rechazo puede demostrarse con simples decisiones como puede ser la colocación de calcomanías en los vidrios de los vehículos, con frases como “yo condeno el asesinato político” o colocar símbolos de tal actitud. Los autores podrán darse cuenta del hartazgo ciudadano y verán a una sociedad unida para rechazar el derramamiento de sangre. El principal derecho humano es el de la vida y junto a este, el de no ser atacado a causa de la forma como piensa. Ello no implica apoyo total y deja espacio para la crítica y la exposición de ideas distintas.
Ayer, en el cementerio hubo discursos encendidos, sentidos, con lágrimas. Pero no es suficiente y la fuerza se redujo porque muchos participantes llegaron acarreados para conmemorar el aniversario 82 de la Revolución de Octubre, un hecho histórico cuyos testigos, de 20 años entonces, hoy representan el 7% de la totalidad y 14% de los adultos. Se puede temer el 86% de desconocimiento de la historia nacional. El grisáceo y lluvioso día redujo la asistencia de ciudadanos espontáneos. El comunicado de la familia Solórzano, pienso, me pareció lleno de valiente serenidad y por eso no hay duda de la necesidad de comenzar a dar muestras públicas, aunque no estén identificadas, de esa generalizada repulsión ante este tipo de hechos de sangre.
Todo esto no implica detener la exigencia al gobierno, pero especialmente a quienes tienen a su cargo las investigaciones policiales y las decisiones jurídicas, ambas realizadas a la mayor brevedad posible, antes del aumento del hartazgo y la saturación. En un momento ya preelectoral como este, es alto el riesgo de una ola de casos parecidos contra los aspirantes a algún cargo. Sería un atraso de décadas y tala el árbol de los mínimos avances desde el fin de la guerra interna, y sembrar uno cuyos frutos son amargos porque significan el terror, y la instalación de una o varias tiranías. Los ilusos pseudocandidatos electoreros tienen un ejemplo claro de este riesgo y ojalá eso los haga retirarse, y los criminales contra políticos deben entender esa aversión.