Quizás estemos empezando a ver un cambio en la hegemonía mundial.
Tal como lo prometí desde mi última columna. Está es mi primera entrega desde China. Estoy en Guangzhou —la antigua Cantón—. Después de varios días de recorrerla, empiezo a notar cosas que no aparecen en las guías turísticas ni en los análisis previos al viaje. Son detalles y escenas que poco a poco terminan diciéndole algo a uno.
Pienso en una democracia que se mueve con un sonambulismo crónico.
Guangzhou no es una ciudad pequeña. Su área metropolitana ronda los 15 millones de habitantes y forma parte del corredor urbano del sur que enlaza con Shenzhen y Hong Kong, apenas a dos horas por tren bala.
Tal como lo escribí en mi última columna, he visto una clase media numerosa. Se ve en los centros comerciales llenos, en los restaurantes y en la forma en que la gente consume. Pero quizá una de las señales más interesantes de este cambio está en las calles: la presencia masiva de vehículos eléctricos es notable. No aparecen como lujo ni rareza tecnológica, son la realidad de la eficiencia, limpieza y sentido práctico del transporte del presente chino.
Y hay otro detalle que no pasa inadvertido: no se ven vehículos chatarra por ningún lado. Lo que circula son carros y motos relativamente nuevos, silenciosos. Al ver esa marea de vehículos recorrer la ciudad, uno entiende que China no solo se adelantó al futuro del transporte eléctrico desde hace años, sino que está definiendo un imparable dominio del mercado mundial. En un tiempo de incertidumbre energética, cuando las noticias de hoy anunciaban el precio del barril de petróleo a 110 dólares, esta realidad tiene un gran sentido geopolítico. Las calles están limpias, el transporte masivo mueve millones y opera con eficiencia. Aquí es evidente que todo esto responde a un plan de largo plazo.
Pero lo que hoy más me llamó la atención ocurrió bajo tierra. En el moderno metro que recorre toda la ciudad, los vagones iban llenos, pero en silencio. Casi todos —especialmente los jóvenes— estaban metidos en sus celulares.
Pensé entonces que quizá ahí está una de las claves del cambio chino. Esta generación no vivió lo que vivieron sus padres. Creció en ciudades que ya funcionaban, en un entorno más exigente, más competitivo y, sobre todo, con una educación que —se nota— los preparó para la modernidad.
Y ahí, inevitablemente, aparece la comparación. Pienso en Guatemala. En nuestro caos vehicular, en esa atrofia sistémica nacional que nos impide no solo iniciar, sino terminar proyectos, y en la sensación de que todo está siempre a medias. Pienso en una democracia que se mueve con un sonambulismo crónico discutiendo intrascendencias politiqueras sin la voluntad de resolver nunca nada. La nuestra anda por los suelos, pero también las democracias en Europa, en América Latina y en EE. UU. reflejan desde hace años un notorio cansancio de inoperancia. No es un colapso abrupto, sino algo más sutil y peligroso: un desgaste evidente. Dificultad para tomar decisiones incómodas. Incapacidad para corregir a tiempo.
Churchill dijo que la democracia era la peor forma de gobierno, salvo las demás. Tenía razón, pero hoy también es evidente que la democracia, cuando se llena de presiones electoreras, clientelismos y cálculos de corto plazo, privilegia lo conveniente sobre lo necesario. Lo politiquero sobre el bien común. Ya pensadores como Mises y Hayek lo dijeron hace tiempo: que lo que las mayorías prefieren en el corto plazo, no siempre coincide con lo más lógico ni con lo más sostenible.
China no tiene ese problema. Tiene otros. Pero hay algo que sí tiene: capacidad de decidir y de ejecutar. No sé si estamos ante un cambio definitivo de hegemonía. Pero sí da la impresión de que algo se está moviendo. Mientras unas sociedades lidian con sus propias tensiones internas, otras avanzan con mayor claridad.