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Brevísima aproximación a ciertos padecimientos
En distintos países de América Latina se han producido cambios político-sociales y movimientos que hace tan sólo unos años eran impensables. Mecanismos mediante los cuales se ha buscado erradicar la corrupción que ha permeado inclusive las estructuras mismas de los Estados. Ello pone en evidencia –por lo menos–, dos situaciones de consideración. La primera, cuya […]
En distintos países de América Latina se han producido cambios político-sociales y movimientos que hace tan sólo unos años eran impensables. Mecanismos mediante los cuales se ha buscado erradicar la corrupción que ha permeado inclusive las estructuras mismas de los Estados.
Ello pone en evidencia –por lo menos–, dos situaciones de consideración. La primera, cuya raigambre valdría la pena buscarla inicialmente en lo histórico, el hecho de que la corrupción fue ganando terreno y arraigándose a través de los años hasta convertirse en una realidad de magnitudes descomunales con la que se llegó a convivir hasta hoy, casi de manera normal.
La corrupción llegó a constituirse prácticamente en un elemento más de esa suerte de cultura a través de la cual aquello que no es correcto –pero que se puede hacer aunque sea indebido– permite obtener algún tipo de beneficio particular o grupal en el marco del ejercicio del poder (particularmente gubernamental, aunque no con exclusividad). En muchos casos ha llegado a parecer, inclusive, más una ventaja y símbolo de agudeza personal que algo indebido o reprobable.
La segunda cuestión es ese despertar que a veces se ha observado en distintos países cuya ciudadanía –en muchos casos– abandera el lema de esa lucha, con lo cual aceptan su existencia al mismo tiempo que generan cierta presión en función de cambiar la dinámica de acción con la que no se identifican a pesar de tolerarla a través del tiempo. Dicha lucha, por distintas razones, pareciera no cuajar.
En gran medida los hechos de corrupción en distintos países se han tornado más visibles y en algunos casos desproporcionados, lo cual en ocasiones ha provocado que el vaso se rebalse y que el descontento popular, aunado al incumplimiento de las expectativas creadas con base en ofrecimientos populistas y falaces produzca una búsqueda de mecanismos y alternativas a través de los cuales se puedan erradicar dichas prácticas.
En ese sentido, como suele decirse coloquialmente, una cosa lleva a la otra, y un sistema corrupto que no se detiene es capaz de generar más corrupción, al grado de llegar a constituirse en parte del imaginario colectivo como algo natural e inevitable. La corrupción no es un fenómeno exclusivo del continente latinoamericano, por supuesto, pero sí posee –en este caso–, cualidades únicas que han provocado inestabilidad, desigualdad y atraso, además de otros fenómenos y padecimientos.