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Entre gritos de júbilo y las cajas de Pandora
La transición tomará tiempo. Hay que asfixiarlos hasta que el costo beneficio de permanecer se vuelva alto.
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En Madrid, Miami, Santiago y Bogotá, la diáspora venezolana convirtió plazas y avenidas en un mismo abrazo. Era fiesta y el deshielo de una espera de años, la certeza íntima de que una puerta, al fin, cedía. Las banderas alzadas recorrieron pantallas cuando se confirmó la captura de Nicolás Maduro.
La discusión jurídica podrá ser legítima; lo cínico es fingir que Venezuela vivía en normalidad constitucional
Entonces llegó el coro de los negativos ideológicos: que el derecho internacional, que la soberanía, que el precedente. La discusión jurídica podrá ser legítima; lo cínico es fingir que Venezuela vivía en normalidad constitucional. Durante un cuarto de siglo, el chavismo robó elecciones, domesticó tribunales, desaparecio la prensa y castigó con saña la disidencia. La cárcel y el exilio se volvieron rutina. A inicios de 2026, el balance del Foro Penal situaba cerca de 900 los presos políticos en cárceles venezolanas.
Pero la caída de un caudillo no borra el entramado podrido que lo sostuvo. Por debajo del discurso bolivariano, Venezuela fue también un corredor: rutas, puertos, pistas y permisos para la mayoría de los carteles de la droga. La acusación en los tribunales de Manhattan describe a Maduro como cabeza de una red de narcotráfico y violencia política, apoyada en recursos del Estado y alianzas transnacionales.
También están las cabezas de playa geopolíticas. China y Rusia apostaron miles de millones y estaban cobrando con crudo, contratos y acceso, mientras Caracas ofrecía un puerto estratégico y una narrativa de resistencia antiyanqui en su patio trasero. La deuda se volvió cadena y la soberanía, garantía.
Delcy Rodríguez, ahora la nueva presidenta, llega al mando interino con respaldo de los mismos sectores que protegieron al régimen. La pregunta no es solo quién gobierna, sino quién manda cuando un mando tan caudillista se fragmenta y el miedo comienza a organizarse.
En Washington, Donald Trump y su equipo dicen haber aprendido el costo de las victorias sin una hoja de ruta adecuada. Por eso dan a entender que no apoyan a Corina Machado por ahora. No quieren repetir el patrón de derribar la cúpula y dejar un vacío que engendre señores de la guerra: la lección de Irak y Afganistán se recuerda como piedra en el zapato. Por eso hablan de un tránsito “administrado”, de interlocución con la interina, y de una segunda ola “quirúrgica” si los hombres fuertes bloquean la salida.
Mientras tanto, el poder duro sigue vivito y coleando en Caracas. Diosdado Cabello y generales que se saben en la lista negra miran el horizonte con temor y cálculo. Cabello ha llamado a colectivos motorizados armados a patrullar y disuadir una salida masiva de la oposición, consciente de que una manifestación con banderas puede volverse irreversible. La oposición, por ahora, mide el precio de la calle: sabe que la salida puede terminar en duelo como ha ocurrido en el pasado.
Pesa también el precio del estrangulamiento económico: un embargo total por aire y mar impidiendo la venta de petróleo está cerrando el grifo del poder. Es herramienta de presión, sí, pero también caja de Pandora: puede acelerar fracturas internas o disparar violencia desesperada; puede castigar culpables y, al mismo tiempo, golpear inocentes que ya viven al límite.
Por eso el júbilo global convive con un nudo en la garganta. Millones no sueñan con revancha, sino con regresar a reconstruir instituciones, administrar recursos sin saqueo, apagar la pobreza fabricada y volver a respirar libertad. Ese anhelo es el centro moral del instante. Lo demás —embargos, pactos, rupturas, justicia y miedo— son escenarios listos para emerger según se mueva la mano que hoy escribe el destino de Venezuela, otra vez.
Dios los ampare…