Quien baja de Quetzaltenango hacia Zunil y se detiene en Almolonga observará un hermoso paisaje lleno de montañas y de un hermoso valle. En el camino del Norte hacia el Sur, buscando el océano Pacífico, sobresale el Cerro Quemado, que momentáneamente oculta al Volcán Santa María, el que en realidad va uno a recorrer en […]
Quien baja de Quetzaltenango hacia Zunil y se detiene en Almolonga observará un hermoso paisaje lleno de montañas y de un hermoso valle. En el camino del Norte hacia el Sur, buscando el océano Pacífico, sobresale el Cerro Quemado, que momentáneamente oculta al Volcán Santa María, el que en realidad va uno a recorrer en su contorno Sur, como si fuera un cono perfecto, a la altura del poblado del mismo nombre: Santa María de Jesús. En todo el recorrido, uno sabe que se mueve entre volcanes.
En Almolonga, uno encuentra un valle lleno de colores, de flores y hortalizas sembradas como si fuesen una alfombra maravillosa. Con las contradicciones que da el crecimiento urbano desordenado, Almolonga es una especie de paraíso no solamente por sus cultivos, sino también por su gente trabajadora que desde la madrugada está en los campos de origen volcánico. Junto a eso, también abundan diferentes baños, pequeños espacios rectangulares, usualmente de 2 por 2 metros, que ofrecen aguas termales, las cuales guardan la historia milenaria de estos lugares. De hecho, Almolonga significa en náhuatl: «lugar donde brota el agua», pero para mí Almolonga también significa «hablar con papá».
Es, como ya dije, una zona de aguas termales y si uno baja un poco más allá de Almolonga, hacia Zunil, la zona también es de vapores. El área tiene el característico olor a azufre, no solamente en las conocidas pozas de Fuentes Georginas, Ecosauna y Aguas Amargas, así como los Vahos. Justo al salir de Quetzaltenango, por la salida de Almolonga, luego de pasar el monumento más hermoso, no por su tamaño, sino porque simboliza la abolición de la esclavitud y del reglamento de jornaleros, se encuentra, a unos metros del monumento, cruzando hacia el poniente, en las faldas de Cerro Quemado, se encuentran los Vahos. Todo esto es agua que la tierra calentó y devolvió en su ciclo natural. La pregunta es de dónde sale ese vapor y qué hacemos con él: el ciclo social del agua.
Durante años se ha dicho, de forma cómoda, que el responsable del calor es el Volcán Santa María. Es el volcán más visible. Es el que explotó en 1902 y el que sigue alimentando al Santiaguito. En dicha erupción produjo rupturas en las montañas y volcanes vecinos a tal extremo que creó las rupturas que les dieron origen a las pozas de la actual Fuentes Georginas. Pero la ciencia, cuando se toma el trabajo de medir y no solo de mirar el cono, cuenta otra historia más profunda sobre el origen del calor de Almolonga y Zunil.
En 2011, Laura Bennati y un equipo internacional —con Anthony Finizola, James Walker, Dina López y colegas de El Salvador y Alemania— recorrieron casi diecisiete kilómetros desde Santa María hasta Zunil. Midieron, cada veinte metros, el potencial eléctrico del suelo y el flujo de dióxido de carbono. Esas dos señales delatan cómo se mueve el agua debajo de nuestros pies: dónde sube caliente, dónde se filtra la lluvia, dónde hay una falla que funciona como tubería.
Estos investigadores encontraron sistemas hidrotermales pequeños, de no más de kilómetro y medio, bajo Santa María y bajo Cerro Quemado. Hay calor ahí y hay circulación y explican el vapor en lo que se llama los Vahos. Pero esos sistemas no alcanzan para explicar la intensidad de los campos geotérmicos en Zunil, ni las aguas calientes tanto de los baños de Zunil ni de Almolonga. El calor de mayor intensidad, dicen, parece venir de más abajo y más adentro: un cuerpo magmático en el borde sureste de la caldera Xela, esa depresión de unos veinte kilómetros llamada la falla de Zunil, que se encuentra en las profundidades del Volcán Zunil y esa es la fuente que mantiene el calor de las Georginas, de Ecosauna, de Aguas Amargas, de los baños termales tanto de Zunil como de Almolonga y de los campos geotérmicos de Zunil.
Desde mi infancia los baños de Almolonga fueron encuentros con Papá. No era un viaje frecuente, de la ciudad de Quetzaltenango a Almolonga, pero lo hacíamos los dos una vez al mes. De niño era otra rutina. Papá se bañaba con un ritual estoico y luego me bañaba. De grandes los dos, dejamos la relación infantil para bañarnos mutuamente, resolvíamos problemas o simplemente comentábamos problemas que ya no se podían resolver. En nuestros rutinarios viajes a Almolonga nos volvíamos a encontrar cuando a veces algún largo viaje mío, de años en el extranjero, nos había interrumpido la conversación. Regresaba yo, no hablábamos mucho en el camino y muchas veces ni en el baño, pero la rutina era la misma. Papa se echaba agua, poco, porque la cuidaba, en la cabeza y se pasaba jabón. Nunca utilizó shampoo. Luego se echaba una palanganada en la espalda y yo sabía que me tocaba restregarla y la rutina se hacía cuando él sabía que le tocaba restregarme la espalda.
Almolonga para mí es un lugar de encuentro con papá.