¿Y nosotros qué les decimos?
Los problemas de país son demasiado complejos como para pretender que existe una solución inmediata o que las próximas elecciones van a cambiarlo todo.
A veces, los niños hacen preguntas que uno quisiera responder fácilmente o con tranquilidad. ¿Por qué matan a las personas? ¿Por qué hay gente que promete cosas y no cumple? ¿Por qué algunos pueden hacer cosas malas y se salen con la suya? ¿Por qué las cosas no funcionan como deberían?
Uno quisiera explicar eso tan complejo, pero incluso para los “adultos” se vuelve difícil. Si fuera tan sencillo como explicar que existen reglas para convivir, instituciones que se supone deben protegernos y autoridades responsables de cumplir su trabajo. O que hay mecanismos para hacer justicia, y aunque pasen cosas malas, hay razones para confiar en que el futuro será mejor.
Pero, ¿qué hacemos cuando la realidad contradice mucho de eso? Estamos en un momento que nos obliga a hacernos preguntas difíciles. Y quizá lo más preocupante es que cada vez que sale una noticia, esta se suma a una lista interminable de tragedias. Por eso nos indignamos, discutimos, exigimos y, al poco tiempo, aparece otro problema, otra noticia, que desplaza a la anterior. Entre el cansancio y la preocupación corremos el riesgo de acostumbrarnos a vivir así. Ya vivimos así.
Todos conocemos al amigo que ya se cansó de Guatemala. Quizá somos ese amigo. El que escucha la radio, ve la televisión, revisa las redes sociales y suspira porque piensa que aquí no va a cambiar nada. Alguna vez tuvo expectativas y creyó en alguna promesa o esperó que una elección determinante cambiara el rumbo del país. Hoy, ese amigo (o nosotros mismos) prefiere no tener tanta esperanza porque después de tantas decepciones, el pesimismo y desapego parecen ser la forma adecuada de protegerse.
¿Con qué cara, con qué argumentos les pedimos que vuelvan a creer? ¿Qué podemos ofrecer los idealistas que no suene otra vez a promesas vacías?
A pesar de todo lo que nos preocupa, todavía hay razones para pensar que el país puede ser uno distinto.
Parece muy incómodo o fuera de lugar hablar de esperanza en estos momentos. Los problemas de país son demasiado complejos como para pretender que existe una solución inmediata o que las próximas elecciones van a cambiarlo todo. Las consecuencias de las fallas institucionales y del tipo de autoridades que tenemos son demasiado reales. La violencia tiene víctimas todos los días, la impunidad sistémica erosiona la confianza de todos y las decisiones de quienes están en el poder público sí afecta la vida de millones de guatemaltecos.
Volvamos a la pregunta de ¿qué respuesta le damos a un niño que no sabe mucho pero que sí se da cuenta y se cuestiona por qué el país está tan mal? A lo mejor la respuesta empieza admitiendo que, en estos momentos, no tenemos todas las respuestas. Hay cosas que están mal y que tomará tiempo cambiarlas, que hay decisiones difíciles por tomar o que hace falta muchísimo más que desear algo para que suceda. También recordar que la justicia debe funcionar, que el poder siempre debe tener límites y que las autoridades, sí o sí, deben responder por sus decisiones.
No podemos afirmar que nada cambiará, pero tampoco refugiarnos en un positivismo casi tóxico. Así que, de pronto no hacen falta más discursos de esperanza superficial. Tal vez hoy no tengamos todas las respuestas, pero sí la disciplina de no darnos por vencidos. A pesar de todo lo que nos preocupa, todavía hay razones para pensar que el país puede ser uno distinto. Los guatemaltecos merecen vivir en un lugar donde la justicia funcione, la libertad se respete y el futuro no dependa de la arbitrariedad de quien esté de turno en el poder. Porque somos muchos quienes, a pesar de todo, no renunciamos a la posibilidad de construir una Guatemala mejor.