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Fran Lepe: El eterno rebelde del teatro guatemalteco
Su carrera de más de 40 años ha estado marcada por la experimentación, la ruptura de paradigmas y su lucha por conectar con el público.
Nacido en Quetzaltenango, el dramaturgo, actor, director, músico Fran Lepe creció en una época dorada para el teatro en Guatemala, cuando las salas se llenaban y el arte escénico era un reflejo vibrante de la identidad cultural del país.
Desde sus primeros pasos en el escenario, siendo un niño que declamaba y participaba en actos escolares, hasta convertirse en uno de los referentes del teatro guatemalteco Lepe ha disfrutado de una vida en el teatro, y en sus últimos años incursionando en el cine.
Con más de cuatro décadas de carrera, Lepe ha enfrentado desafíos personales y profesionales, pero su espíritu combativo y su amor por el arte lo han mantenido en pie.
Su obra, caracterizada por la experimentación y la ruptura de paradigmas, es un reflejo de su búsqueda constante por conectar con el público y transmitir emociones profundas.
En esta entrevista, Fran Lepe comparte anécdotas, reflexiones y los momentos que han definido su trayectoria. Un viaje que, como él mismo dice, ha sido una “hermosa locura”.
¿A qué edad empezó en el teatro?
Mi primera obra fue en parvulitos. La maestra Tomasa Oliva me escogió para el papel de burrito en la presentación del Día de la Madre. Yo digo que allí nació mi vocación teatral. No fue algo al azar, y le explicaré por qué:
Imagínese el 10 de mayo, todas las madres reunidas, entre ellas la mía. Yo estaba al centro, haciendo de burrito, mientras mis compañeros daban vueltas a mi alrededor y recitaban sus parlamentos. Yo debía rebuznar, pero cuando pasó el primero, me quedé mudo; con el segundo, tampoco lo hice. Me espanté, me puse a llorar y terminé orinándome en el escenario.
Después de esa experiencia, cualquiera habría pensado que nunca más volvería a hacer teatro. Sin embargo, siempre fui el niño que decía la jura a la bandera, declamaba y participaba en diversas actividades.

¿Qué lo llevó a dedicarse al arte dramático y qué influencia tuvo el maestro Hugo Carrillo en su formación profesional?
Tuve la fortuna de haber nacido en un momento histórico coyuntural, cuando el teatro estaba en su apogeo en Guatemala. Lamentablemente, ha sufrido una gran involución.
En aquellos tiempos —hablo de los años sesenta, setenta y ochenta, antes de que el conflicto armado se agudizara—, las salas de teatro en Guatemala se llenaban. Había eventos artístico-teatrales, la gente seguía la carrera de los artistas y se lograban éxitos históricos. Entre ellos, puedo mencionar El señor presidente, que fue la primera obra rentable en la historia de Guatemala. Yo nací a la sombra de todo eso. Era un escritor de provincia, un artista, un joven inquieto.
Tuve la suerte de presenciar ese movimiento, que se daba principalmente en la capital, y de participar desde los departamentos en un evento llamado Muestra Nacional de Teatro Departamental, organizado por la Dirección General de Cultura y Bellas Artes. Allí me involucré en el teatro y conocí a grandes artistas guatemaltecos, entre ellos el maestro Hugo Carrillo, quien me tomó como su discípulo y me tuteló personalmente durante muchos años.
Recuerdo una anécdota especial. Fue cuando me pasó “la tenta”, una tradición entre los teatristas célebres de Guatemala. Me contó que, después de haber ganado por cuarta vez la muestra nacional de teatro con una obra mía, Manuel Galich —el primer gran dramaturgo y teatrista guatemalteco internacional— le tocó el hombro una noche en París y le dijo: Vos llevás la tenta del teatro guatemalteco y ahora tenés que encontrar a quién pasársela para que continúe el legado. Aquella noche, Hugo Carrillo me tocó el hombro y me dijo: Ahora vos llevás la tenta del teatro guatemalteco. Yo te la paso en nombre de Galich y tenés que seguir con esto hasta el fin de tus días.
Esa es una anécdota significativa, pues refleja cómo me involucré en el teatro siendo un patojo inquieto de Quetzaltenango. Me contagié del entusiasmo de grandes figuras del teatro guatemalteco y vi en el teatro una vía para comunicar mis sentimientos. Cuando noté el reflejo de mis acciones en las caras del público, supe que esto era lo mío. Y desde entonces me quedé de por vida.
¿Qué es “la tenta”?
Según lo explicado por Hugo Carrillo a Fran Lepe, “la tenta” hacía referencia a una especie de herencia histórica, un compromiso de velar por el movimiento teatral guatemalteco, anteponiendo esa búsqueda a los intereses personales.
“‘Por eso te la dejo a vos, como me la dejaron a mí y no a nadie de mi familia, porque tu trabajo tiene validez y vigencia’, me dijo solemnemente. Todos guardaron silencio, excepto Jorge Rojas, que lo insultó como siempre lo hacía”, menciona Lepe.
Con más de 40 años de experiencia, ¿cuáles son los hitos que han marcado su carrera artística?
Creo que esto ha sido una hermosa locura y un hermoso viaje. Aún tengo el aliento para continuar; de hecho, por eso me trasladé a Costa Rica. Mi mayor contribución ha sido formar a personas que sigan en el teatro con pasión heroica. Lo heroico, en términos artísticos, se refiere a ejercer el oficio sin ambiciones personales —aunque eso no implica que no se deba vivir de ello, ¿me explico? —.
He tenido la suerte de poder vivir del teatro, del cine y de mis escritos. Para mí, ese ha sido el gran privilegio de mi carrera: compaginar mi sustento, mi labor, mi realización personal y espiritual.
En estos 40 años, como todo artista guatemalteco, he sufrido los embates de la bendita maldición de ser un artista en este país. Eso implica exilios, injurias, traiciones y desencantos tremendos como el de orinarte en ese escenario la primera vez, situaciones que son “como para no volver a hacer esto”.
Con respecto a los momentos, los tengo claros:
- Mi debut
- El momento en que Hugo Carrillo me pasó la tenta. Para mí, esa fue mi graduación como teatrista guatemalteco, más allá de títulos, estudios, talleres y premios.
- El instante en que acepté a Dios en mi corazón, sin connotaciones religiosas.
Ese momento fue bien trascendente porque como mi vida artística está amarrada totalmente a mi vida personal, tuvo implicaciones estéticas incluso.
Además, en ese parteaguas que marcó el inicio de mi lucha contra mis monstruos internos: la adicción y el consumo. Ha sido una tragedia y, a la vez, una fortuna, pues representa el Yin-Yang de Fran Lepe.
Son las tres esquinas del tiempo que me tienen aquí convencido plenamente de que lo que he hecho es válido, de que lo que estoy haciendo tiene vigencia y que lo que viene va a tener valor.
¿Cuál considera que es el sello distintivo de su estilo como director y dramaturgo?
Disrupción, experimentación total, libertad creativa, romper paradigmas.
Cuando veo una obra de teatro, pienso en lo contrario. Soy un rebelde. No hago obras estructuradas clásicamente; quiero romper esquemas, quiero experimentar, pero no me concedo todas las libertades.
Antes era más disruptivo y no tomaba en cuenta al público. Luego comprendí que todo arte que no considera a su audiencia no es un verdadero arte, porque, al igual que en la comunicación, necesita de un emisor y un receptor.
Por ello, se debe buscar un equilibrio entre los principios estéticos y la estructura escénica, de manera que los códigos sean descifrables, comprensibles y, hasta cierto punto, impactantes para el público. No se trata de popularizar el contenido, sino de lograr que el espectador se beneficie de la obra.
¿Existe algún capricho que haya cumplido dentro de su carrera, en el que haya escrito una puesta en escena pensando en usted?
Definitivamente, me he tomado muchas libertades. Hice un musical titulado Ensayo teatral de 29 actores en torno a un auto sacramental, una versión mía sobre el Evangelio de San Mateo.
En esta obra se discutía, desde dentro del evangelio, su participación y el uso que se ha hecho de él en la historia de Jesús. Y no solo en el concepto del argumento, sino también en la presentación visual, estética y audiovisual, la puesta en escena fue altamente disruptiva.
Con el cine también me he dado mis caprichos. Hago cine como a mí me gusta: no es lineal ni narra historias convencionales. Doy saltos en la historia, avanzo, retrocedo y me introduzco en la mente de los personajes. Si usted ve Trip, lo entenderá; es muy experimental, aunque a veces es legible.

Si tuviera que elegir una obra o proyecto que represente mejor su legado, ¿cuál sería y por qué?
Esta pregunta es como cuando le preguntan a un padre o a una madre: ¿A cuál de sus hijos quiere más?
Creo que, en mi historia personal, Delirium Tremens —que después se llamó Pasos de vida y finalmente Trip, la película— me representa totalmente porque es casi autobiográfica. Refleja mucho de mi nivel creativo en la puesta en escena.
Su último viaje también significa mucho para mí, por lo profético que fue, por el momento coyuntural en que se presentó y porque fue mi primera obra profesional escrita.
Sin embargo, sigo pensando que El señor presidente, aunque no la escribí yo, es una obra cuya puesta en escena representa mucho de lo que considero un montaje teatral válido a nivel histórico.
¿Cómo le gustaría que su trabajo y trayectoria sean recordados en la historia del arte guatemalteco?
Lo principal que me gustaría que se dijera de mí es que fui un hombre que experimentó, que probó, que fue necio, que no se rindió.
No me he rendido ni pienso hacerlo. A pesar de circunstancias adversas, mi objetivo de contribuir al engrandecimiento de mi país es lo esencial. No me ha importado la plata ni el reconocimiento.
Por eso, quiero que me recuerden como un luchador.
Tal vez no por la trascendencia de mi obra, porque, si se quiere ver así, es sencilla. Pero mi actitud ante el arte ha sido totalmente comprometida, seria y llena de amor.
Viene desde mi espíritu, desde mi alma.