¿Son verdades “las verdades”? y sobre cómo ampararlas

¿Son verdades “las verdades”? y sobre cómo ampararlas

Ordenando viejos apuntes, me encontré con un texto entrecomillado que apenas aparece como originario de Deboy (1898-1934); sin más señales … Me gustaría conocer el origen del mismo. Si alguno de mis lectores me puede ilustrar al respecto, mucho se lo agradeceré. Lo transcribo a continuación porque pienso que puede aportar mucho a la reflexión […]
07/03/2025 09:00
Fuente: La Hora 

Ordenando viejos apuntes, me encontré con un texto entrecomillado que apenas aparece como originario de Deboy (1898-1934); sin más señales … Me gustaría conocer el origen del mismo. Si alguno de mis lectores me puede ilustrar al respecto, mucho se lo agradeceré.

Lo transcribo a continuación porque pienso que puede aportar mucho a la reflexión sobre el tema de “la verdad” y cómo es que la deberíamos llegar a entender y valorar. Es un tema importante en un momento histórico como el actual en el que todo se está cuestionando dentro de una vorágine de sucesos; un interminable anuncio de intenciones que proceden de todas partes y que hoy parecen ser y mañana se desdicen; y el más variado menú de hipótesis o teorías de lo que está por venir y es ofrecido al gran público tanto por reconocidos expertos como por legos (¡difícil empezar a distinguir las diferencias!) … y nos atribulan.

El texto reza:

“Las “verdades” no son expresiones que, realmente, desean comunicar verdad. No lo son porque los mismos que las crean no creen en ello. Creen, tan solo, que son aproximaciones circunstanciales y muy personales sobre asuntos que han llamado su atención y los inclinaron a tratar de exponerlos verbalmente (o por escrito) para retenerlos en la mente, para hacerlos suyos de esa manera. Para poder conservarlos, sentirlos como propios y mantener a la vista; esto es: en su presencia y susceptibles de ser modificados, mejorados, en un proceso de búsqueda de, cada vez, mayor perfección … Una perfección personal, sin ninguna intención de universalizarlo o pretender que sea la verdad de todos …”

Es, indudablemente, un texto y un pensamiento que llama a la reflexión. Sobre todo, en el sentido de entender que las “verdades” que se proponen como absolutas no pueden serlo así, de ninguna manera. O son “verdades”, como ideas sujetas a revisión y a la búsqueda de la perfección, o son “otra cosa”; “dogmas”, digamos, o simplemente ideas lanzadas al viento sin ningún interés de contribuir a la búsqueda de mayor certeza y certidumbre si no que para sustentar (generalmente con argumentos cuantitativos, porcentajes, …) las “posiciones” de algunos interesados en ello (y, de esa manera, erguirse como dominantes o vencedores). ¡Que lamentable es experimentar cómo, cada día más, avanzamos -como civilización y, finalmente, como humanidad- hacia abandonar el don de la razón que nos fue dado y preferimos el camino más corto: ¡el camino más corto y fácil, consistente en subordinarnos a los que piensan por nosotros! algo que no es lo mismo que subordinarse a aquellos que, por mandato popular, deben actual y pensar para nosotros).

Muy relacionado con el anterior pensamiento (porque tiene que ver con el vínculo entre lo que se piensa -y, eventualmente, se reconoce como “una verdad”-) y el que lo piensa o cree en ello, se puede apreciar con claridad en el siguiente texto. Se refiere este a la idea de la “radicalización”, entendida como uno de los cuantos modos o actitudes que puede adoptar un ser pensante ante un pensamiento cualquiera.

“La radicalización, que implica el enraizamiento que el hombre hace en la opción, es positiva, porque es preponderantemente crítica. Crítica y amorosa, humilde y comunicativa.

“El hombre radical en su opción no niega el derecho a otro de opinar. No pretende imponer su opción; dialoga sobre ella. Está convencido de su acierto, pero respeta en otro el derecho de juzgarse, también, dueño de la verdad; intenta convencer y convertir, pero no oprime a su oponente; tiene el deber, por una cuestión de amor, de reaccionar con violencia a los que pretenden imponerle silencio. A los que, en nombre de la libertad, matan, en sí y en él, la propia libertad”.

El segundo texto lo escribió el pensador y jurisconsulto Edmundo Vásquez Martínez (Guatemala, 1928-2001); un año antes de su fallecimiento.