Las viejas prácticas
La elección de la Junta Directiva del Congreso mostró que, aunque para eso sean lentos, el oficialismo aprendió cómo se hace política en Guatemala y negoció hasta con las caras más sucias que puedan existir. Por supuesto que, dada la inexperiencia y la falta de talento, no fue precisamente el gran ganador, sino que simplemente […]
La elección de la Junta Directiva del Congreso mostró que, aunque para eso sean lentos, el oficialismo aprendió cómo se hace política en Guatemala y negoció hasta con las caras más sucias que puedan existir. Por supuesto que, dada la inexperiencia y la falta de talento, no fue precisamente el gran ganador, sino que simplemente puso la alfombra para que el país siga por la ruta que viene siguiendo desde hace tantos años y que, en gran medida, es gracias a quienes tienen el verdadero control de los tres poderes.
Aquella ilusión que lanzó a los guatemaltecos a la calle para defender el resultado de una elección que fue, sobre todo, un clarísimo mandato popular para cambiar la ruta del país, terminando con la corrupción, la impunidad, sus formas en la política y la manera en la que se usaba el poder, se fue acabando día a día desde el mismo día de la toma de posesión cuando se hizo evidente que no habría carácter ni firmeza para enfrentar las formas del sistema. Pero a esta película que ya veníamos viendo, ayer se le sumó otro capítulo, y eso implica no solo puestos en la directiva del Congreso sino la forma en que se “distribuye” el Presupuesto General de la Nación, incluyendo desde luego los fondos para los famosos Consejos de Desarrollo
Claro está que entre un Samuel Pérez y Felipe Alejos hay años de recorrido, pero es cuestión de tiempo que el primero pare como el segundo porque el ex diputado de Semilla, ahora de Raíces, optó por los caminos oscuros del sistema una vez tuvo el poder que no logró los 4 años antes cuando era oposición a la que no invitaban a los negocios.
El panorama para el último año de la gestión de Bernardo Arévalo es ya totalmente predecible y se puede asegurar que nada de lo que le ordenó el pueblo hacer, mediante un sufragio bien meditado, será posible. Primero fue porque nunca encontraron las formas de evidenciar el sistema ante la operación de Consuelo Porras y compañía, pero ahora porque se incurrió en las viejas prácticas realizadas por prácticamente todos los gobiernos de la mal llamada era democrática en la que cada régimen que ha llegado se afanó en ir generando esa enorme alianza criminal que tiene el control pleno de todo el aparato del Estado.
Un Presupuesto que sirve para hacer chinche, obras que se dan a dedo para hacer negocio, dineros que vienen del Estado que sirven para estratificar y lavar dinero y todo lo anterior, facilita el camino para los oscuros pactos en el Congreso de la República que se ven materializados en un presupuesto que llora sangre. Arévalo, con esa superioridad moral que le sigue caracterizando, dice que se oponía a los presupuestos de antes porque iban a la corrupción, pero se olvida que su Gobierno y sus operadores están tomando los mismos caminos, con los mismos actores que tanto criticaron.
La “alianza” última entre el oficialismo y los muy conocidos diputados que llevan años haciendo de las suyas, viene a confirmar que el sistema no cambió en absoluto. Pactaron para que todo siga igual y nada cambie. La forma en que se hacen contrataciones del Estado son también parte de las piezas de negociación a estas alturas, pues aunque también para ello se tomaron tiempo para aprender cómo es que se amasa dinero, al final lo aprendieron bien. Y como pasaron meses sin saber cómo enriquecerse, cuando al fin encontraron el obvio camino se fueron de boca.
Si antaño ya era un pinche recuerdo aquello de “un módico 10 por ciento de mordida” ahora sí se dispararon las aspiraciones y a este pueblo, hace tres años ilusionado, le terminó saliendo el tiro por la culata.