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Del algoritmo a lo político: Narrativas que moldean nuestra percepción de la realidad

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Del algoritmo a lo político: Narrativas que moldean nuestra percepción de la realidad
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Autora: Alejandra Teleguario Instagram: @ale_teleguario Email: [email protected] Editorial: [email protected] Sobre el Autor: Joven quetzalteca feminista, internacionalista, investigadora y facilitadora en temas de género, juventudes y derechos humanos. Vivimos en un mundo interconectado, donde cualquier información o contenido llega de manera instantánea y se vuelve viral en cuestión de minutos. Alimentamos al algoritmo de nuestras redes […]

Autora: Alejandra Teleguario
Instagram: @ale_teleguario
Email: [email protected]
Editorial: [email protected]

Sobre el Autor:
Joven quetzalteca feminista, internacionalista, investigadora y facilitadora en temas de género, juventudes y derechos humanos.


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Vivimos en un mundo interconectado, donde cualquier información o contenido llega de manera instantánea y se vuelve viral en cuestión de minutos. Alimentamos al algoritmo de nuestras redes sociales a partir de lo que consumimos, y todo aquello que vemos y escuchamos incide en la manera en que interpretamos la realidad y, en muchos casos, también en la forma en que comprendemos las decisiones y los debates políticos.

Nos enfrentamos cotidianamente a disputas sobre qué consideramos normal, legítimo, moral o aceptable. Ciertas concepciones individuales no siempre permanecen en el ámbito privado, pueden articularse colectivamente, disputar el imaginario social y constituir lineamientos sobre cómo debería estar organizada la realidad.

Estas disputas son completamente variadas, destacando aquellas relacionadas con el género, la familia, los valores sociales e incluso, con la propia forma de entender la geopolítica: la defensa de un único modelo de familia, el cuestionamiento de los avances alcanzados en materia de derechos de las mujeres, o la legitimación de determinadas decisiones políticas en nombre de Dios. No se trata únicamente de convicciones individuales o expresiones de fe, sino de observar cómo ciertos discursos trasladan concepciones morales y religiosas al espacio público con la intención de incidir en decisiones y posturas que afectan a todas las personas.

Estos planteamientos no son nuevos, y cotidianamente los escuchamos; el problema tampoco radica en cómo una persona, desde su libertad individual, organiza su vida a partir de sus propios valores y convicciones. La tensión aparece cuando un posicionamiento en específico comienza a visibilizarse como el modelo único y correcto con el cual debería comportarse y ser la sociedad.

En una democracia, la ciudadanía debe albergar desacuerdos y discusiones para sostenerse y transformarse constantemente; sin embargo, debemos cuestionarnos en qué momento una idea deja de orientar únicamente nuestra propia vida y comienza a dictaminar a nivel estructural lo que todas las personas deberían poder hacer, decidir o incluso ser. Es allí donde una discusión, aparentemente moral, comienza a adquirir inevitablemente una dimensión política.

La religión ocupa un espacio particularmente sensible dentro de esto. La fe es parte de la identidad y convicciones de millones de personas, quienes son sujetos políticos y participan en el debate público. La gran interrogante es qué sucede cuando una interpretación religiosa pretende constituirse en fundamento suficiente para decisiones que afectan a una ciudadanía diversa. En todo el mundo y particularmente en América Latina, han surgido y permanecido movimientos y actores que combinan argumentos religiosos con argumentos políticos, demostrando que estas movilizaciones de pensamiento y narrativa tienen un peso significativo, que ha logrado influenciar la formación del Estado.

Uno de los elementos más poderosos de quienes utilizan este recurso, es la capacidad de construir amenazas. Conceptos como familia, paz o libertad, pueden convertirse en puntos de partida para crear discursos que beneficien o favorezcan a ciertos actores o ideas y comiencen a integrar concepciones más emocionales: aquello que conocemos estaría siendo amenazado y, por lo tanto, debe ser defendido. Frente a estos escenarios que nos resultarán familiares, es necesario preguntarnos quién define esa amenaza, qué intereses y concepciones están detrás de ella y, especialmente, qué personas o derechos se encuentran paralelamente impactados por esa narrativa.

Las redes sociales son el campo de batalla. Con los últimos avances digitales, discusiones complejas se resumen con facilidad en hashtags, imágenes y videos cortos, permitiendo que determinados marcos interpretativos circulen a una velocidad y escala difícilmente comparables con los medios tradicionales. El problema se profundiza cuando esa circulación incluye información descontextualizada, afirmaciones no verificadas o contenidos deliberadamente falsos que apelan a prejuicios, temores o sesgos. Su capacidad de volverse virales puede hacer que una afirmación sea percibida como cierta, no por las bases con que fue construida, sino por la frecuencia con la que aparece en nuestro feed.

La preocupación entonces no radica únicamente en el contenido que consumimos, sino en cómo su repetición y viralización puede terminar incorporando determinadas ideas e interpretaciones -incluso aquellas construidas sobre información falsa, distorsionada o sesgada- a nuestro sentido común.

El desafío no está en eliminar el desacuerdo ni en pretender que todas las personas compartamos una misma visión; una democracia se construye desde la posibilidad de coexistir con perspectivas distintas. El reto está en reconocer cuándo nuestras convicciones personales comienzan a presentarse como verdades universales y cuándo determinados discursos, amplificados y repetidos hasta volverse cotidianos, pretenden definir y negociar los derechos y condiciones de vida de las y los demás.

En este contexto donde una narrativa puede recorrer miles de pantallas en cuestión de minutos, cuestionar lo que consumimos, verificar todo lo que compartimos y preguntarnos quién construye los discursos que moldean nuestra percepción de la realidad, se vuelve un acto político.

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