El arte de poner límites: por qué decir “no” mejora las relaciones y protege su bienestar emocional
Poner límites no se trata de alejar a las personas, sino de construir relaciones más sanas y equilibradas; según expertos.
Algunas situaciones, compromisos, personas e, incluso, uno mismo podría superar los límites personales, causar agotamiento emocional, faltar al respeto y dejar en segundo plano las necesidades personales.
Los psicólogos afirman que es importante establecer límites con familiares, amistades, parejas, compañeros de trabajo o en cualquier entorno donde se sienta que las necesidades propias están siendo ignoradas o sobrepasadas.
“Poner límites es comunicar de manera clara y respetuosa lo que estamos dispuestos a aceptar y lo que no en nuestra vida diaria. Los límites son una forma de autocuidado, porque protegen nuestro bienestar emocional, físico y mental. Desde la psicología, se dice que no se trata de alejar a las personas, sino de construir relaciones más sanas y equilibradas”, afirma la psicóloga Nancy Gálvez, de Psicosalud NG.
Para el psicólogo Juan Chivalán, cuando se habla del concepto de poner límites, se habla de una “ley simbólica”.
“No hablamos de castigo ni de control, sino de las normas culturales que sirven para ordenar al ser humano y permiten convivir y relacionarse con los demás”, explica.
Los expertos señalan que puede haber diferentes tipos de límites que es necesario marcar, por ejemplo:
- Físicos: relacionados con el espacio personal y el contacto físico.
- Emocionales: protegen nuestros sentimientos y nuestra estabilidad emocional.
- De tiempo: ayudan a administrar el tiempo y evitar la sobrecarga.
- Laborales: permiten separar las responsabilidades del trabajo de la vida personal.
- Digitales: regulan el acceso constante a través de redes sociales, llamadas o mensajes.
“Yo lo resumiría en dos tipos de límites: el límite intrapersonal, que refiere a lo interior, a lo que sucede dentro del ser humano. En este tipo de límite, la persona aprende a diferenciar entre el sí y el no, entre lo permitido y lo prohibido, lo bueno y lo malo. A partir de aquí hablamos del otro tipo de límite: el límite interpersonal, que es el ámbito de la relación con los demás en los diferentes ambientes donde se desenvuelve el ser humano”, explica Chivalán.
Para poner esos límites es importante comenzar a decir “no”, pues cuando una persona puede decir “no” de manera asertiva está reconociendo que sus necesidades también son importantes.
“Cuando se trata de poner límites, es un freno, y a las personas no les gusta el freno. Quien pone ese freno necesita valor y firmeza para decir “no”. Cuando ponemos un límite estamos diciendo que no todo es posible; hay ley, hay normas y hay límites. Cuando reconocemos los límites, nos volvemos más humanos”, asegura el psicólogo.
Gálvez coincide y agrega que “un ‘no’ saludable no es una agresión ni una muestra de egoísmo; es una herramienta que nos permite proteger nuestro bienestar y actuar de acuerdo con nuestras prioridades”.
Sin embargo, aunque solo sean dos letras, decir “no” muchas veces resulta difícil debido a los patrones de crianza, al miedo al rechazo, al conflicto, al abandono o a la creencia de que priorizarse es algo egoísta.
“Por ejemplo, si una persona tuvo una crianza permisiva, cuando es adulta no va a poder seguir viviendo según ese tipo de crianza, porque simplemente no todo está permitido. Al frustrar esa demanda, puede generarse culpa. Por eso la dificultad de poner límites está relacionada con el tipo de crianza que ha tenido el ser humano”, explica Chivalán.
Agrega que el miedo es una manera que la persona utiliza para protegerse y prioriza las necesidades de los otros porque teme perder un lugar.
“Cuando existe miedo al abandono, la persona puede evitar poner límites por temor a que los demás se alejen o dejen de quererla. Cuando existe miedo al conflicto, puede preferir callar para evitar discusiones o tensiones. El problema es que evitar un conflicto externo muchas veces genera un conflicto interno, porque la persona termina traicionando sus propias necesidades”, complementa Gálvez.
Pero, según la psicóloga, cuando una persona suele ser complaciente con todo y todos, llegará a experimentar agotamiento emocional, frustración, resentimiento e, incluso, pérdida de identidad, porque se acostumbra a atender constantemente las necesidades de otros mientras deja las propias en segundo plano.
“Muchas veces estas personas parecen fuertes o disponibles para todos, pero internamente pueden sentirse vacías, cansadas o poco valoradas”, asegura.

Por su parte, Chivalán recurre al paraguas durante la lluvia para ejemplificar la necesidad de poner límites.
“Si está lloviendo y la persona sale sin paraguas, se moja. El límite ahí era llevar paraguas o buscar un lugar donde resguardarse de la lluvia, pero no lo hizo. Con este ejemplo nos damos cuenta de que no poner límites puede traer consecuencias y lastimarnos a nosotros mismos”, explica.
Señales de alerta
Pueden aparecer señales físicas o emocionales que alerten de que algo o alguien está traspasando un límite. Gálvez y Chivalán han identificado algunos avisos frecuentes:
- Sentir incomodidad o tensión constante.
- Sentimiento de invasión del espacio físico o psicológico.
- Experimentar enojo, frustración o resentimiento.
- Sentirse obligado a hacer cosas que realmente no desea.
- Cansancio emocional frecuente.
- Dudar del propio criterio.
- Ansiedad antes o después de interactuar con ciertas personas.
- Sensación de que las opiniones o necesidades propias no son tomadas en cuenta.
- Sentimiento de culpa injustificada.
- Necesidad de sobreexplicar alguna situación.
“Nuestro cuerpo y nuestras emociones suelen avisarnos cuando algo no está siendo saludable”, asegura Gálvez.
¿Cómo comenzar a poner límites?
Según los psicólogos, poner límites es una habilidad que se aprende y fortalece con la práctica, pero es necesario comenzar.
“Primero, hay que aceptar la misma naturaleza del ser humano. La naturaleza del ser humano es que necesita una ley simbólica. Esto se explica en frases como: no se puede tener todo, no se puede lograr todo, no podemos con todo. Todo lugar donde trabajamos o vivimos necesita un orden y una organización para poder convivir”, asegura Chivalán.
Para ello, recomiendan algunas acciones y actitudes:
- Identificar qué situaciones generan malestar.
- Reconocer que nuestras necesidades son tan importantes como las de los demás.
- Empezar con límites pequeños y concretos.
- Utilizar una comunicación clara, respetuosa y firme.
- Recordar que no es necesario justificarse excesivamente.
- Practicar la asertividad de forma gradual.
“No necesita cambiar de un día para otro ni empezar con grandes decisiones; los límites se construyen paso a paso. Cada vez que una persona expresa lo que necesita, protege su bienestar y se elige a sí misma, está fortaleciendo su salud mental y construyendo relaciones más sanas. Poner límites no aleja a las personas correctas, les enseña cómo queremos ser tratados”, concluye Gálvez.
Decir “no” sin culpas
El sentimiento de culpa será inevitable en el proceso de aprender a poner límites; sin embargo, los psicólogos aseguran que, con el tiempo, esa sensación irá disminuyendo y será reemplazada por una mayor sensación de tranquilidad y autoestima.
“Lo primero es entender que sentir culpa no significa que hicimos algo incorrecto. Muchas veces la culpa aparece porque estamos haciendo algo diferente de lo que acostumbrábamos. Puede ayudar preguntarse: ¿Estoy dañando a alguien o simplemente me estoy cuidando? Generalmente descubrimos que estamos ejerciendo un derecho saludable”, sugiere Gálvez.
Pero, según Chivalán, la culpa no siempre es mala, porque se siente culpa cuando se ha renunciado a las demandas del otro. “Por eso es bueno que haya culpa: es una señal de que se puso un límite”.
“Hay que dejar de ser víctima, porque cuando hay culpa, hay autocastigo y eso paraliza. En lugar de culpa, hay que moverse a través de la responsabilidad y hacerse la pregunta: ¿Qué tengo que ver yo con esto? Si tengo que ver con algo, hay que asumir la responsabilidad. Y si no tengo nada que ver, ¿por qué tendría que asumir algo que no es mío?”, concluye.