La historia del guatemalteco que convirtió la pesadilla americana en el sueño chapín

La historia del guatemalteco que convirtió la pesadilla americana en el sueño chapín

Álvaro Mejía, deportado de Estados Unidos, narra lo sufrido en el país del norte y cómo ello lo llevó a salir adelante con su negocio.
02/03/2025 15:00
Fuente: Prensa Libre 

El discurso antimigrante del presidente estadounidense, Donald Trump, el aumento de redadas en lugares de trabajo en Estados Unidos y el endurecimiento de los protocolos en contra de los migrantes indocumentados, han provocado que el panorama para estas personas se torne tenso entre dos realidades: estar en un lugar dónde las medidas en su contra se endurecen o regresar al país que los vio nacer y dónde no encontraron lo necesario para subsistir.

En tres años (2022-2024) fueron deportados 250 mil 681 guatemaltecos según cifras del Instituto Guatemalteco de Migración. Todos ellos viajaron con un sueño al igual que Álvaro Mejía de 54 años, quien, después de 16 años de residir en Estados Unidos, fue detenido durante una redada en su lugar de trabajo y narró cómo fue su proceso, desde que decidió migrar, hasta cómo encontró una segunda oportunidad en Guatemala.

Mejía migró dejando a su esposa e hija de cinco años en Guatemala cuando los problemas que aquejan a miles de guatemaltecos como la falta de oportunidades, problemas económicos, enfermedades y la desesperanza tocaron a su puerta. Emprendió su viaje de forma irregular, pasó por el rio Bravo y llegó al país en el que creyó que lograría su propósito: construir una casa para su esposa e hija. Se desempeñó en varios trabajos desde la agricultura, hasta la limpieza de calles obstruidas por la nieve y consiguió mejorar la calidad de vida de su familia en Guatemala.

Cae en una redada

Un día, como cualquier otro, se encontraba en su trabajo sin mayores contratiempos cuando le sorprendió un operativo policial de la cuál, al no tener papeles y permisos, salió directo a una comisaría donde iniciaría todo su proceso. Después de 11 años en Estados Unidos creyó que podría defender en cortes su caso y optar a una residencia, pero no fue así. “Intentar pelear por eso me trajo muchos dolores de cabeza”, enfatizó.

Luego de dos años y medio en una prisión federal logró llevar su caso ante un juez quien escuchó cómo había logrado ingresar a Estados Unidos de forma irregular y le dijo: “Estados Unidos es un país privado y tiene reglas y fronteras y hoy se enfrentan Álvaro Agustín y Estados Unidos a ver quién gana”, palabras que hicieron que don Álvaro desistiera de luchar por su residencia. Solicitó iniciar su proceso de deportación sin saber que demoraría dos años más. Antes de irse del juzgado lo hicieron firmar su deportación voluntaria, se levantó y se encaminó a la puerta cuando el juez le llamó por su nombre y le dijo “si en un tiempo lo vuelvo a ver en esta corte, me encargaré de darle 15 años de prisión”, y se fue.

Regresó a una cárcel donde esperó 13 meses a ser deportado. “En ese lugar no había recreación, solo podíamos estar en nuestra cama viendo pasar los días y las noches, esperando que nos llamaran. Para el desayuno solo nos daban un sandwich, dos cucharadas de carne molida con una tortilla en el almuerzo y otro sandwich para la cena”, recuerda.

Llega el día

Antes de emprender el retorno a Guatemala, lo llaman para que practicarle la prueba de covid19, ya que su retorno fue en 2021 época de pandemia, y eso significó que al día siguiente se subiría al avión de regreso con su familia después de 16 años de estar separados. “Me quitaron la ropa por si llevaba números anotados de los otros migrantes para que no pudiera hacer favores y me encadenaron de la cintura, de las manos y de los pies y me dirigieron al avión”, narró.

En ese momento la emoción lo invadía y empezaba a ver como aparecían mujeres y niños en las mismas condiciones de cadenas que él, situación que lo marcó. “Iba una niña de 9 o 10 años, una niña inocente e iba encadenada y deportada y eso golpeó mi corazón pensando que esa niña inocente pudo haber sido mi hija”, cuenta con lágrimas en los ojos. Al iniciar a sobrevolar suelo guatemalteco, los guardias que custodiaban a los retornados empezaron a quitarles las cadenas. “Me empiezan a quitar las cadenas, nos notifican que estamos llegando a suelo guatemalteco, empieza a sonar el himno nacional y a uno se le escurren las lágrimas, soy libre en Guatemala”, dice.

Luego, desciende del avión y entre la emoción del reencuentro con su familia también inicia la preocupación de ahora, qué hará para mantenerla, un pensamiento que lo inquietaba todos los días durante los cinco años y medio que pasó en prisión tiempo durante el cual dejó de proveer lo necesario y que por ello, sobrevivían con lo que sus familiares le regalaban.

Llega y se reencuentra con su esposa y vuelve a ver a aquella hija que dejó de cinco años y la encontró de 21 años, entre lágrimas, abrazos y sonrisas por fin estaban juntos.
“Vengo y me encuentro con una esposa que está enferma y sin trabajo y con una hija que está estudiando”, recordó con angustia. Durante las primeras dos semanas en Guatemala, los tres hacían un solo tiempo de comida que consistía en un plato para tres personas. Para agenciarse recursos Intentó ser contratado en una bodega, pero al ser un trabajo de fuerza y por su edad no pudo optar y así sufrió varios fracasos.

Nace la esperanza

Luego de sus varios intentos fallidos, organizaciones no gubernamentales que ayudan a migrantes le dijeron que emprendiera, sin embargo, no sabía en qué. Un día un familiar le regaló una gallina ponedora y, en familia, se les ocurrió poner una granja de gallinas ponedoras y pollos de engorde. “Iniciamos y una ONG nos regaló una incubadora, al inicio logramos hacer algo de capital y compramos más pollos y de la nada uno se enfermó y muchos se morían; me decían: don Álvaro usted necesita ayuda, compra 10 pollos y se le mueren 15”, recuerda con una sonrisa.

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Luego del apoyo y acompañamiento de varias ONG, Álvaro pudo, junto a su familia, tener una granja con más de mil gallinas ponedoras y pollos de engorde, vacas, cabras y peces de los cuáles ahora vive. La producción de la granja le permite vender huevos, pollos, lácteos de cabra y de vaca y peces. Además, logró que su granja sea autosostenible, ellos mismos hacen el concentrado de sus animales y logró crear una pequeña empresa que ahora da trabajo a tres personas.

Más de mil gallinas son parte del emprendimiento de Álvaro Mejía. El guatemalteco además tiene otros animales de granja. (Foto Prensa Libre: Álvaro González)


Brindar oportunidades es un sueño hecho realidad para Álvaro Mejía, quien busca que ninguna persona a la que él pueda ayudar, viva lo que él tuvo que experimentar.
Collin Banning, experto en emprendimiento sostenible y director de la organización Swisscontact señala que es importante que a su regreso, el migrante deportado tenga “un abordaje integral” que incluya oportunidades, manejo de finanzas personales y familiares y apoyo psicológico para que no vuelvan a realizar malas prácticas que los lleven a intentar migrar otra vez.


Finalmente, Álvaro Mejía ofrece un mensaje de esperanza a todos los guatemaltecos retornados: “si yo lo logré ustedes también lo pueden lograr, si aquí trabajamos lo que trabajamos allá, salimos adelante en nuestro país, donde están quienes más nos aman y a quienes más amamos”, puntualizó.