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Fin de Usaid, ¿el regreso del garrote?
El bombardeo sobre Usaid se analiza con un insufrible sesgo dominado por ideologías del ayer.
Empezaba la década de los sesenta, y la guerra por la dominación mundial entre la Unión Soviética y Estados Unidos crecía hacia algunos de sus máximos niveles de gelidez. Cuando en 1961 Kennedy asumió la presidencia, la caída de Batista había hecho —no hace tanto— de la isla cubana territorio contrario, a pocas millas de Florida; la Unión Soviética hacía crecer su arsenal de misiles a niveles alarmantes para Occidente y, en el tablero mundial, conflictos locales crecían con el apoyo a los bandos de las dos grandes potencias, con el fin ulterior de dominar esos territorios. De no cederlos al enemigo. Fácil es recordar el gran conflicto desde el ángulo armamentista, pero esa fue solo una faceta de una guerra que no fue solo militar, ni solo económica, sino, además, en buena parte, también fue cultural. En ese sentido se llega a un momento cuando más balas, más tanques o más misiles no son la única solución en la carrera. Es ahí donde también caben las formas de influencia llamadas “blandas”. En otras palabras, dominar territorios, no mediante la coerción que logran las milicias, sino por la habilidad de persuadir, de influenciar y de atraer a los pueblos de dichos territorios.
Es entendido que cuando el presidente Kennedy creó la agencia de cooperación estadounidense Usaid, era esto —el Poder Blando— lo que perseguía, en el gran contexto de la pugna con su contraparte del Este. Los soviéticos, que entendían bien esta forma de influencia internacional, se posicionaban ante países subdesarrollados como una fuente proveedora que podía resolver algunas de sus carencias materiales, a través de su propio programa de ayuda extranjera. Este guiñaba el ojo a países en Asia, en África, Latinoamérica y el Medio Oriente que podían verse más seducidos a esa protección detrás de la Cortina de Hierro que presionados por una política de garrote estadounidense.
Quienes se alegran, sin embargo, no advierten que el cambio de estrategia desde el norte no implicará una renuncia de su interés sobre nuestra región, sino un retroceso hacia la otra forma de poder.
Hoy, Trump, de un día para otro, dinamitó su agencia de cooperación. Lo hizo denunciando corrupción, despilfarro e ineficiencia. Y sus seguidores, en su mayoría, lo aplauden, pues perciben a Usaid como un desperdicio. Lo entienden desde la óptica del altruismo. ¿Para qué —dirán ellos— se destinan millones a lugares como Centroamérica, cuando esos fondos hacen falta en su propio territorio? No contemplan, tal vez, el inmenso apalancamiento que logró su país, con esa cara benevolente, al ingresar y envolverse con gobiernos extranjeros, de presentarse como una mano amiga, y de controlar, con el poder de la ayuda, decisiones locales. Siempre, esto con beneficio para el benefactor.
En Guatemala, el bombardeo sobre Usaid se analiza con un insufrible sesgo dominado por las ideologías del ayer que muchos no se permiten abandonar. Por prejuicios paralizantes a los que mayorías conservadoras no pueden renunciar. Reciben el fin de la agencia con alegría. Ven en él una liberación. Una principalmente causada por su miedo a la diversidad sexual en el país y la apertura hacia temas de género, que fueron parte de la agenda de la agencia. (Y con buena razón, pues en el país domina al respecto un pensamiento troglodita, anacrónico). Quienes se alegran, sin embargo, no advierten que el cambio de estrategia desde el norte no implicará una renuncia de su interés sobre nuestra región, sino un retroceso hacia la otra forma de poder. El duro. El que no busca influenciar, sino imponer con coerción. Un método, por cierto, que le va tan bien al impositivo de Trump. Siendo estudioso de la migración, siempre fui crítico de Usaid, al ver que sus fondos se quedaban en el embudo de la burocracia. A las comunidades expulsoras nunca vi que llegara el apoyo. Aun así, celebrar el fin de la cara amiga y el regreso de políticas de garrote simplemente no me hace mucho sentido.