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El “himno” del jefe de la horda oficialista
Un canto de los narcos es ahora, oficialmente, el “himno” de quien está frente, no detrás, del trono politiquero nacional.
En realidad, a nadie debe sorprender la clara y nueva confirmación de la dictadura actual de Guatemala. Me refiero al nuevo “himno”, la peor de las vergüenzas sufridas desde hace demasiados años por esta pobre y desventurada patria, como dijo el inmortal Pepe Batres. Lo cantó por primera vez el innombrable Miguel Martínez, en público y rodeado de una horda de funcionarios y politiqueros ebrios en un acto de campaña electoral anticipada. Pero no es cualquier canción: es la tácita oficial de los narcotraficantes mexicanos, y no es cualquier cantante, sino el actual poder frente al trono, no detrás, cuya voluntad se hace porque se hace y cuyo evidente presente político terminará de hundir al país cuando su poder se afiance más, gracias a elecciones amañadas.
Quien recibe las órdenes de este personaje despiadadamente ambicioso y con codicia idéntica, inspirada “de arriba” y potenciada, se dedica a inauguraciones de obras intrascendentes, a despotricar cuando lo desea, a darse ínfulas de importancia y a fallar en todo lo demás ajeno al pillaje y al contubernio con sectores cuya negrura hace rubio al petróleo. No hay contrato de obra pública, adquisición de medicinas, etcétera —etceterísima— ajeno a la sospecha, y arrastra a todo mundo. El último caso, conocido ayer, son los Q139 millones para contratar cuatro puentes prefabricados a otra empresa con pasado de corrupción y amiguismo. Y según el vocero, estarán disponibles “si al final se determinara que ya no se necesitan instalar” (¡!) cuando “el hoyo (¡!) ya se esté rellenando”.
Las elecciones están a solo once meses y ¡a aprovechar el tiempo!, pero sobre todo a terminar de cerrar más los candados y tirar las llaves al mar. Pero en el camino surgirá la idea de cambiar todo lo necesario para asegurar la reelección o para poner más cadenas al Tribunal Supremo Electoral. Como toda dictadura, ya posible de bautizar como el “miguelato” y en base al narcohimno del “giammatteiato”, ya nadie puede alegar demencia, ignorancia o estulticia. Los cómplices de todo esto, en política y algunos sectores sociales, deben comenzar a preocuparse cuando esa larga combinación de elementos sea la base para una repetición, pese a todo, de los casos de Chile, Perú, Argentina, Colombia y México, derivados del asco, hastío y desesperación populares.
La historia está llena de usurpadores del poder, gente sin escrúpulos y con una temeridad y arrogancia puras. La Historia tiene una especial bartolina para ellos, como el infierno de Dante para los peores. También tiene un lugar para quienes no se enfrentan, se rinden o se esconden en la idea de no poder hacer nada. Y perdona, o al menos permite el recuerdo, de quienes se enfrentaron a los Goliat del mal. Un ejemplo son los 300 espartanos cuyo sacrificio significó una derrota en la Historia para el todopoderoso y hoy olvidado rey a quien se enfrentaron hace siglos. Quienes se suben al barco de toda dictadura cuando navega poderoso son quienes primero saltan al agua, porque son en realidad roedores. No es parábola, ni poesía, ni literatura. Es una verdad perdurable. En el caso comentado hoy, pararse ahora con arrogancia frente al trono no es cien por ciento seguro y en realidad es tambaleante. Depende de la ausencia de celos, por ejemplo, y ya son históricamente conocidos los efectos de estos, de los amores traicionados o vistos así desde la nebulosa de la pasión, caracterizada por ser lo opuesto a la acción mínimamente madura. Pero los daños causados son irreparables o muy largamente recuperables en los países. Estos efectos tal vez no son inmediatos, pero sus efectos, sí. Mientras, Guatemala se mantiene sintiéndose orgullosa de otra vergüenza terrible: depender económicamente, en demasiado porcentaje, de sudoroso dinero llegado gracias al trabajo anónimo de millones de sus habitantes obligados a irse.