Raúl Pérez Girón: el sobreviviente de una descarga eléctrica que ahora promueve la seguridad en el trabajo
En 2003, un error durante un procedimiento de seguridad cambió para siempre la vida de Raúl Pérez Girón. Una descarga eléctrica provocó lesiones severas en sus extremidades superiores y marcó el inicio de una historia que, con el paso de los años, tomó un rumbo distinto al que pudo haber imaginado. Hoy, Pérez trabaja en […]
En 2003, un error durante un procedimiento de seguridad cambió para siempre la vida de Raúl Pérez Girón. Una descarga eléctrica provocó lesiones severas en sus extremidades superiores y marcó el inicio de una historia que, con el paso de los años, tomó un rumbo distinto al que pudo haber imaginado.
Hoy, Pérez trabaja en la Empresa Eléctrica de Guatemala (EEGSA), dentro de la unidad de Gestión Social y Ambiental, y participa en la coordinación y liderazgo del Programa de Prevención de Accidentes Eléctricos (PPA).
Su labor consiste, precisamente, en hablar de aquello que vivió. Pero no desde la victimización, sino desde la responsabilidad y la prevención.
“Yo sufro un accidente en el año 2003, una descarga eléctrica”, recuerda Pérez. En ese momento era trabajador de Energica, una de las compañías pertenecientes al grupo de Empresa Eléctrica.
Según explica, el accidente ocurrió como consecuencia de un incumplimiento del protocolo de seguridad. Pérez reconoce que tomó una decisión equivocada al retirarse un guante mientras trabajaba con líneas energizadas.
“Yo fallé en el cumplimiento del protocolo. Me quité el equipo de protección o el guante específicamente, sabiendo que tenía las líneas del tendido eléctrico en mis manos con voltaje”, relata.
Su testimonio parte de una premisa que considera fundamental: hablar de seguridad eléctrica no significa presentar a la electricidad como algo inherentemente malo, sino comprender que existen riesgos que deben ser tratados con responsabilidad.
“Hay que hacer hincapié que las decisiones equivocadas que uno toma también tienen consecuencias”, afirma.
La descarga ingresó por uno de sus brazos y salió por el otro. El hecho también le provocó quemaduras en otras partes del cuerpo, pero las lesiones más severas fueron en sus extremidades superiores.
A más de 20 años del accidente, Pérez no cuenta esta historia para despertar lástima. Por el contrario, busca que sirva para que otras personas puedan evitar una situación similar.
“No lo digo por hacerme la víctima”, enfatiza. Su objetivo es que quienes escuchen su experiencia comprendan que los protocolos de seguridad no son recomendaciones que puedan ignorarse, sino medidas destinadas a proteger la vida.
UNA EXPERIENCIA CONVERTIDA EN PREVENCIÓN
El Programa de Prevención de Accidentes de EEGSA nació con el propósito de fortalecer el mensaje de autocuidado y reducir los accidentes relacionados con la infraestructura eléctrica.
Pérez explica que, alrededor de 2010 y 2011, existía preocupación por el número de personas que sufrían quemaduras y otros daños al entrar en contacto o acercarse a instalaciones eléctricas. Los reportes de cuerpos de socorro, hospitales y otras instituciones mostraban que se trataba de un problema que requería acciones de prevención.
En 2011, a partir de una iniciativa impulsada dentro de EEGSA, comenzó a estructurarse el programa que posteriormente se consolidaría como una estrategia permanente de educación.
Uno de los hallazgos fue que los niños podían convertirse en importantes replicadores del mensaje.
“Se encontró que a través de los niños era un buen nicho donde se podía llevar el mensaje y que los niños se podían convertir en buenos replicadores del mensaje de prevención”, explica.
La lógica era sencilla: un niño que recibe información en la escuela puede trasladarla posteriormente a su hogar y compartirla con sus padres, hermanos y otras personas cercanas.
“Lo que aprenden en el colegio o en la escuela siempre lo llegan a compartir a casa”, señala Pérez.
Desde 2012, cuando el programa comenzó como un plan piloto, la iniciativa ha alcanzado más de 300 escuelas y, de acuerdo con los datos compartidos por Pérez, a casi medio millón de niños de manera directa.
El alcance puede ser todavía mayor si se considera la réplica del mensaje dentro de los hogares. Pérez estima que, tomando como referencia un promedio de cinco personas en el círculo cercano de cada estudiante, el programa podría haber llevado su mensaje de manera indirecta a cerca de dos millones de guatemaltecos.

NO SE TRATA SOLO DE DECIR “NO TOQUE LOS CABLES”
Las jornadas educativas buscan evitar que la prevención se reduzca a una advertencia aislada.
En las escuelas utilizan material audiovisual, cápsulas animadas y dinámicas interactivas para explicar a los estudiantes los riesgos asociados con la electricidad.
“Entonces no solo aprenden sobre los cuidados de la electricidad, sino también nosotros en nuestra logística tenemos otro tipo de dinámicas en donde interactuamos con ellos, hacemos una especie de juegos y entonces toda la actividad se vuelve muy lúdica, muy didáctica”, cuenta.
En ese proceso, la presencia de Pérez también genera preguntas entre los estudiantes. Su historia y el uso de prótesis forman parte de una conversación que permite abordar tanto la prevención de accidentes como la discapacidad desde una perspectiva diferente.
“Esos detallitos a ellos los impactan”, dice. Sin embargo, Pérez insiste en que el propósito principal no es que los estudiantes recuerden únicamente su historia.
“Lo que esperamos nosotros con el programa, no tanto con mi visita, sino el programa en general, es crear ese estado de conciencia en la población guatemalteca”, explica.
La meta es que el mensaje no termine cuando concluye una charla, “Que quien lo escucha no se lo quede para sí, sino lo lleve a su círculo más cercano y que se replique de una manera positiva para toda la población guatemalteca”, agrega.

UN MENSAJE QUE TAMBIÉN LLEGA A ADULTOS Y PROFESIONALES
Con el paso del tiempo, el PPA amplió su alcance. Actualmente, no está dirigido únicamente a estudiantes.
Uno de sus componentes trabaja con adultos que, por sus actividades laborales, pueden estar expuestos a instalaciones eléctricas.
Entre ellos se encuentran trabajadores de la construcción, instaladores de vallas y personal que desarrolla labores en altura o cerca de líneas eléctricas.
“Todas aquellas empresas que en su desarrollo laboral puedan tener personal operativo que está en alturas o que está expuesto a llegar a tener contacto con el factor eléctrico”, explica Pérez.
El programa también cuenta con un componente académico.
Desde 2019 mantiene una alianza con la Universidad de San Carlos de Guatemala, específicamente con la Facultad de Ingeniería y las escuelas vinculadas con el área eléctrica y electromecánica, para impartir formación relacionada con autocuidado y prevención del riesgo eléctrico a futuros profesionales.
Pérez señala que durante este año, cuando el programa conmemora 15 años, también se incorporó una nueva alianza con otra universidad del país.
La intención es que la prevención alcance a sectores cada vez más amplios y que el conocimiento sobre seguridad eléctrica acompañe a quienes tendrán contacto profesional con este tipo de infraestructura.
LA RECOMENDACIÓN MÁS BÁSICA: MANTENER LA DISTANCIA
Cuando se le pregunta cuál es la principal recomendación que las familias deberían recordar, Pérez reconoce que es difícil escoger una sola regla entre todas las medidas de seguridad.
Pero hay una que considera fundamental: no acercarse ni tocar las líneas del tendido eléctrico y respetar siempre la distancia de seguridad.
“Mientras respetemos la distancia de seguridad, estamos resguardados”, afirma.
El riesgo, explica, aumenta cuando las personas se acercan bajo la percepción de que conocen la situación o que pueden manipular algo porque “parece” seguro.
“Cuando ya violamos eso, asumiendo que conocemos, que sabemos, que yo vi, que a mí me contaron y empezamos a traer ese tipo de malos conceptos, entonces ya estamos en riesgo”, advierte.
Para Pérez, la prevención comienza precisamente por reconocer que la electricidad requiere respeto, incluso cuando forma parte cotidiana de la vida.
La energía eléctrica permite iluminación, comunicación, trabajo, producción y múltiples comodidades, pero su utilización también implica riesgos que no deben minimizarse.
LAS LECCIONES QUE LE HAN DEJADO CIENTOS DE JORNADAS
Después de participar en cientos de actividades educativas, Pérez asegura que también ha aprendido de las personas a quienes ha llevado el mensaje.
“Somos una sociedad muy noble”, considera.
Una de las enseñanzas que más valora es la gratitud de quienes escuchan su experiencia y reconocen que el mensaje puede ayudarles a tomar decisiones diferentes.
“Hay muchas personas en el sector adulto que me muestran esa gratitud diciendo: ‘Mire, qué importante lo que usted nos enseña, a pesar de lo que le pasó’”, relata.
Para Pérez, ese tipo de respuesta representa una señal de que el propósito de compartir su historia está cumpliéndose.
“Digo yo, la gente no solo escuchó, sino dijo: gracias a lo que a él le pasó, hoy puedo yo tomar acciones que no me pasen a mí lo mismo”, cuenta.
Con los niños, las experiencias adquieren otra dimensión.
Recuerda gestos sencillos ocurridos después de algunas charlas: estudiantes que se acercan para compartirle su refacción, regalarle un jugo, darle un abrazo o simplemente agradecerle por haber llegado.
“Esos pequeños detalles son gratificantes realmente”, expresa.

MÁS ALLÁ DEL ACCIDENTE
La historia de Pérez no terminó con aquel accidente de 2003.
Con el tiempo, encontró nuevos espacios personales y profesionales. Uno de ellos fue el deporte, al incorporarse al equipo de atletismo paralímpico de Guatemala y participar en competencias nacionales e internacionales.
Esa faceta también cambió la manera en que entiende lo ocurrido.
“Yo entiendo que en algún momento Dios permitió que yo entrara a Empresa Eléctrica y, a pesar del error, a pesar de lo que pasó, creo que sin duda alguna esa situación se ha convertido en un elemento que me ha permitido cumplir un propósito de vida”, reflexiona.
Pérez reconoce que su vida cambió de manera drástica después del accidente, pero también considera que aquella experiencia abrió caminos que anteriormente no estaban en su horizonte.
“Me volví parte del equipo de atletismo paralímpico de Guatemala y si yo no hubiera tenido este accidente no hubiera viajado tanto como lo he podido hacer representando a Guatemala”, comenta.
Su mirada sobre la discapacidad, por ello, no se centra únicamente en las limitaciones que puede representar, sino también en las oportunidades que encontró posteriormente.
“Irónicamente, la discapacidad se convirtió en una plataforma que me permitió nuevos horizontes”, afirma.

“NO QUIERO QUE SE REPITA”
Al recordar el accidente, Pérez no oculta su responsabilidad en lo ocurrido. De hecho, considera que reconocerla es parte esencial del mensaje que transmite.
“No solo ir y quejarme porque no tengo los brazos por culpa de la electricidad, admito que yo me equivoqué”, sostiene.
Pero precisamente ahí encuentra el sentido de contar su historia.
“Mi error se ha convertido en una buena plataforma para enseñar a otros que no va a ser lo mismo”, dice.
Su aspiración, más que ser recordado por el accidente, es que su experiencia sirva para evitar nuevos casos.
“Creo que eso es lo más importante, que me recuerden que cumplí mi propósito y que la gente recuerde que no me quejé por no tener los brazos”, señala.
Para Pérez, el verdadero valor de su historia está en lo que otras personas puedan hacer con ella: detenerse, reconocer un riesgo y tomar una decisión diferente.
En ese sentido, su mensaje trasciende una campaña de seguridad eléctrica. Es una invitación a comprender que, frente a un riesgo, una decisión tomada en segundos puede tener consecuencias para toda la vida.
Y su propia historia es el ejemplo que utiliza para pedir que nadie tenga que aprender esa lección de la misma manera.
